jueves, 1 de abril de 2010

Tarrago Ros


Tarrago Ros y el norte Santafesino




Mi abuelo tenía el oficio de ser peón de campo y por hábito matizaba la soledad de sus recorridos rurales con la compañía de un niño. Varias veces me toco en suerte acompañarlo, acostumbraba subirme en un tordillo panzón o un tostado tuerto que ya otros peones desechaban por viejo pero que el abuelo tenía en cuenta para sus pequeños acompañantes por su docilidad. Un día que ya no puedo precisar salimos a recorrer la agreste geografía de aquella estancia perdida al norte de Santa Fe que para mi abuelo era tan familiar como la palma de su mano. Nunca preguntaba hacia donde íbamos, simplemente lo seguía y conversaba con él temas diversos que hacen al itinerario de las tareas rurales. Así en una de esas nobles aventuras que el abuelo me convidaba a disfrutar llegamos a un ranchito de barro que tenia la dignidad de la pobreza trabajadora del hombre de campo. Para llegar cruzamos una chacra ancha y antes de llagar a un estero grande nos metimos en una ileta de monte de quebracho agreste siguiendo las picadas, esos senderos donde el yarara amenaza hasta que la calidez de un hogar asoma.


Allí estaba don Cardoso un viejito de setenta años de contextura pequeña y menuda pero a su vez fuerte, guardaba su estampa su origen correntino que para llegar al norte de Santa Fe acudió al llamado de la forestal y cuyos músculos se hicieron sentir sobre el quebracho indoblegable o fueron brazos en el blanco algodonal y quedaron para siempre en la región gravado en hombres de esa estirpe como lo era mi abuelo y el propio don Cardoso. Mi abuelo entro en conversación con el viejito ya no recuerdo el tema del que hablaron pero presupongo que hablaron de vacas ajenas que se debían llevar y traer mientras mateaban. De repente invadió un silencio y de la radio que acompañaba la soledad de ese ranchito se escucho la voz del locutor que hizo una pausa y sobre la pausa sonó como del horizonte un chamame cuyo rasgo sobresaliente era un endiablado ritmo. Cardoso me miro como si me hiciera un guiño y pude percibir que su cuerpo era invadido por una extraña felicidad reflejada por una tenue sonrisa que se le marco en la cara como si de repente fuera posible volar y por un instantes desaparecieran las penas que la vida dura y la pobreza generan, miro hacia abajo y dijo “huaa tarrago pero lindito toca el gente” después todo fue silencio nadie hablo hasta que el chamame dio su acorde final. Mientras tanto la música mágicamente se combinaba con el paisaje, con las costumbres de esos hombres que sentían su alma en esos acordes como si mágicamente su vida y la música no tuvieran fronteras precisas.




Hay muchas formas de recordar a Tarrago Ros el gran rey del chamame, recorriendo su vida desde sus modestos comienzos hacia la consagración, o viajando musicalmente por sus grandes obras y las múltiples historias que le dieron origen. Sin embargo yo quiero recordarlo de otra manera pues quisiera recordarlo a través de el vinculo mágico que tarrago genero a través de la música con su publico, con ese hombre de campo que lo admiraba y que si el destino lo llevo a la gran ciudad encontró en las melodías de ese blanco acordeón la posibilidad de acercarse a su origen.

Pues considero que el chamame maceta es un género incomprendido y que parte de su incomprensión es consecuencia de no dar cuenta de esta relación que el género musical tiene con el mundo rural y su gente; pues ella explica la simpleza del género, la poesía gauchesca siempre presente, las tradiciones rurales como fuente de inspiración así como el vocablo de los paisanos como titulo de las obras, también ese sapucay festivo tan criticado y parte de los símbolos y signos que los paisanos usan para expresar estado de ánimos. Esa comunión con su gente es lo que hace que tanto tarrago como los tarragoceros hagan de las pilchas gauchas su vestimenta artística que muchos en su ignorancia se empeñan en llamar payasesco sin dar cuenta que es un gesto de agradecimiento y profundo respeto.

En esa relación profunda, el rey del chamame eligió transitar los caminos musicales y ese pueblo agradecido se empeña en preservar su estilo y sus creaciones hacia la posteridad, ese tal vez sea el íntimo secreto de su vigencia, de la vigencia de un estilo.

Quiero dejar a través de este escrito un agradecimiento a quien fue el mayor exponente del estilo mas tradicional y popular que el chamame tiene, gracias don tarrago por todo lo que nos dejaste y quisiera aclarar que un 15 de abril no te fuiste, sino que a partir de entonces vivís en nosotros los tarragoceros por siempre….

Javier Gastón Gómez Maidana.

No hay comentarios:

Publicar un comentario