jueves, 1 de abril de 2010

El Chino Maidana y el orgullo de ser Santafesino

¿Qué información podemos encontrar de Marcos Maidana en ese espacio casi eterno de noticias e información llamada Internet? Seguramente nos dirán que nació en nuestra querida tierra santafesina, esta tierra hermosa que fue defendida por la invencible lanza de don Estanislao, que acuno a don Carlos Monzón, que se identifica con los versos de José Pedroni y Julio Migno, que parió cantores de la talla de don Orlando Vera Cruz y que a su vez ve en el “Chino” en su futuro no muy lejano otra gloria santafesina. Otro orgullo más, en esto de ser y sentirse santafesino. También nos dirán que Marcos vio la luz el 17 de julio en un pueblo chico pero de corazón grandote llamado Margarita y seguramente harán referencia a su impresionante record, dando cuenta que en un cuadrilátero hasta el más mentado rival se le va a ser difícil soportar el rigor de sus pesadas manos.

Sin embargo yo, quisiera aportar otras cosas en este escrito, dar otra mirada del “Chino”. Quisiera mostrar en él, una persona que si bien gusta de la cumbia santafesina sabe apreciar nuestro arte popular folclórico que esta íntimamente ligado a su historia de vida. Es un fanático del Conjunto Ivoti, se divierte mucho cuando escucha Coco Díaz que esta entre sus preferidos; y como buen santafesino le encanta don Orlando Vera Cruz. Este relato pretende rescatar una niñez compartida y feliz entre El Chino Maidana y quien escribe, con objeto de mostrar en su persona una construcción cultural propia de este Santa Fe interior, de un Santa Fe intimo que muchos vivimos en ese querido norte que se debate siempre entre la postergación y la esperanza y que esta revista digital pretende rescatar en la figura de Marcos Maidana: “El Chino de Margarita”.

La niñez
La inclemencia del verano en el norte de Santa Fe ha doblegado a muchas bohemias y viajeras almas. Sin embargo yo, que por ese entonces era apenas un niño soñaba con que llegue ese calido enero que era el mes de mis vacaciones que regularmente las pasaba en la Estancia los Esteritos ubicada entre la ruta 11 y el camino hacia la Gallareta llendo hacia la colonia. Allí estaba mi abuelo don Arturo Maidana esperándonos como la primera vez, visitábamos a sus hijos, que a su vez eran mis tíos: don Orlindo conocido como Hucho y el tío Orlando cuyo apodo era Bejarano.

Don Bejarano vivía con Olga Martínez y conformaban una familia numerosa que conoció el rigor de la pobreza digna del peón de campo cuyo oficio conocía hasta en sus más ocultos secretos. Su casa era de adobe y siempre tenia un tenue color azul que el paso del tiempo hizo desaparecer dejando solo el color del barro. Los quebrachos y algarrobos rodeaban el modesto ranchito, que tenia en frente, como reflejo de las desigualdades profundas que nuestro país todavía no ha podido superar, la gran casa del patrón, que era a su vez un amplio chalet con piletas usado ocasionalmente por los dueños de la estancia. Allí paso su niñez el entonces hijo menor de esta familia, Marcos Rene Maidana hoy conocido por el Chino de Margarita.

El implacable tiempo fue haciendo desaparecer esta casita mostrándonos una tapera primero, luego dejando como evidencia los horcones del techo y la bomba de agua, para que el monte gane terreno dejando un paisaje agreste de lo que fuera el tiempo de una niñez perdida y feliz. Me quedan presente recuerdos imborrables de esta infancia compartida con el Chino antes que sea el Chino de Margarita: recuerdo un caballo percheron y escuelero conocido como silleta por su deformidad en su lomo cuyo galope cansino supo acunarnos enancados por esos paisajes, el “cabezudear” en el tractor mientras se hacia la trilla del sorgo o del maíz, el arriar a terneros en la manga mientras los peones hacían el trabajo de yerra, el buscar la lechera todas las mañanas exigencias cotidianas que para nosotros eran juegos alegres. También recuerdo ese habito de atenuar el sofocante calor en el tanque australiano, nuestras excursiones de pesca al arrollo Espín, un pequeño hilo de agua dispuesto a trasformarse en un lago extenso cuando las crecidas invadían la geografía. También recuerdo el recorrido cotidiano por esos montes y sus picadas a veces a caballo, a veces a pie en donde poco a poco el secreto que guarda cada animal nos era revelado casi sin darnos cuenta. Hoy todo parece tan lejano y distinto que solo la magia de un chamame tristón pero maceta, tiene ese poder de devolvernos lo que el tiempo se llevo.

Llegando a Margarita
Con el tiempo el patrón proporciono una casa de material con todos los requerimientos que se necesitan para vivir dignamente. Sin embargo, poco después toda la familia se traslado al “Paraje Ñandubay” unos veinte kilómetros llendo hacia la colonia, para después pasar definitivamente a la Estancia los Cardenales a pocos kilómetros del casco urbano de Margarita. La vivienda era un caserón amplio rodeado de eucaliptos y árboles frutales en donde todavía vive el papa del chino “don Bejarano”.

Durante los primeros tiempos que la familia vivió en la Estancia los Cardenales, cuando el Chino Maidana estaba todavía en su niñez y por un hecho fortuito, yo pude forjar con él una relación más cercana. Pues yo era un adolescente y por cuestiones generacionales había tomado como compañero de salidas a Javier su hermano más grande quien primeramente fue portador del apodo “el Chino” que luego heredaría Marcos. Nosotros habíamos adquirido gusto por vagabundear en las noches de Margarita, recorriendo boliches que no eran ámbitos juveniles de música moderna, sino mas bien espacios casi siempre domingueros donde los peones de campo pasaban su tiempo libre buscando atenuar el dolor de la dura jornada de trabajo, allí jugaban al truco, billar y otros juegos que amenizan los fines de semanas de la gente de esas regiones rememorando sus vivencias de sus tareas rurales entre rizas, chanzas y lindos chamames de fondo mientras el humo del tabaco invadía el ambiente.

Durante un breve tiempo Javier se fue a trabajar al sur y en consecuencia había perdido a mi compañero de correrías, la verdad que eso no me preocupaba tanto como cruzar el cementerio que se interponía entre la casa de mi tío y el pueblo en el recorrido de ida y de vuelta en la oscura noche bohemia. Entonces decidí que mejor que nada era la compañía de Marcos, la verdad que era una cuestión de darme coraje y compañía porque no creo que ese niño como si lo podría hacer ahora, pueda ayudarme ante una amenaza seria; y la verdad que costo mucho convencer al papá que lo dejara salir conmigo. Fuimos dos veces al boliche de Márquez con tanta mala suerte que se armo en sucesivas oportunidades dos grescas, en una estuvo involucrado un pariente que no soporto que se burlaran de su sombrero de paja. En la otra oportunidad una verdadera batalla campal se dio cita en el lugar, volaron sillas, tacos de pool, vasos y botellas hasta que la policía llego a poner orden. Por supuesto abandonamos la idea de ir al pueblo y al boliche para tiempos futuros que nunca llegaron, pues el destino le deparaba otra cosa al Chino Maidana, al cual creo haberle contagiado en este periodo de tiempo un terror casi intimo que todavía lo acompaña a poras, angueras, luz malas, lobisones y otros espectros fantasmales que conformaban el conjunto de mitos, leyendas e historias del imaginario rural.

El camino a la gloria
Recuerdo que a pesar de ser muy chiquito a él le gustaba aprender cosas vinculadas con el boxeo, practicaba algunas cosas rudimentarias conmigo, esas cosas que todos aprendemos mirando televisión y que nos hacen creer que sabemos de este deporte. A él le gustaba hacer guantes, “vistiaba” y de repente paraba y preguntaba “¿puedo ser boxeador? Yo quiero boxear en Santa Fe”. Hoy todo parece tan claro, podría contar una serie de hechos que rebelan como ese niño estaba llamado por el destino a golpear las puertas del titulo mundial box. Sin embargo para mi, en ese entonces no era fácil responder a esas preguntas, a ese conjunto de aspiraciones y sueños que un chico podía tener sobre este discutido deporte.

Seguramente muchas cosas han cambiado de ese niño que abandonó el norte santafesino, los paisajes y su gente, buscando el camino a la gloria. Atrás quedo el campo, Margarita, la feliz niñez, el comenzar de su carrera, el titulo argentino amateur, el salto al profesionalismo hasta llegar a Alemania… todo parece haber cambiado y el mundo se estremece ante las fuerza de sus puños que implacablemente reclaman su oportunidad por llegar al titulo mundial.

La última vez que lo vi fue el 17 de agosto, en la víspera de su nuevo viaje a Alemania. Lamentamos no haber podido estar en la fiesta de nuestro querido Margarita que se festeja un día antes, es la fiesta patronal en homenaje a San Roque donde el pueblo en su totalidad se da cita. Recordamos tiempos idos y casi de repente como sin darse cuenta, como si ese niño aun viviera en él y lo invadiera por un instante, juega con sus manos a hacer guantes conmigo, pero esta vez sus golpes tenues igualmente son dolorosos, el nota ese detalle, me mira sonríe y dice: “ahora te cuesta mas hacer guantes conmigo...no?”. Es que todo parece haber cambiado en nuestras vidas, aunque yo veo algo mágicamente intacto en él; la inquebrantable humildad en su mirada que ojalá nunca lo abandone.

Javier Gastón Gómez Maidana

ARIEL Y ROMINA: “CON LA DANZA EN EL CORAZÓN”


ARIEL Y ROMINA: “CON LA DANZA EN EL CORAZÓN”



Santa Fe Nativa: ¿Cómo y cuando empiezan con la danza?

Ariel y Romina:

Romi comienza a bailar a los 8 años en una de las Academias más destacadas de nuestra región, Defensores de la Tradición, para luego estudiar en el Liceo Municipal de Santo Tomé. Por razones de estudios superiores (comienza la carrera de Veterinaria en la FAVE, ciudad de Esperanza) deja el Liceo Municipal pero sigue bailando integrando el Ballet de la FAVE, al cual integra en la actualidad.

Por mi parte, comencé bailando el en Liceo Municipal de Santo Tomé a los 9 años. Dejo de bailar algunos años pero en mi familia siempre se escucho y bailó música Litoral. Comienzo de nuevo a bailar en Agrupaciones a los 18 años, pero a los 20 años comienzo la carrera de Magisterio en Danzas Folklóricas Argentinas y Folklore, obteniendo el Título de Maestro.

Santa Fe Nativa: ¿Cómo se conocieron?


Nos conocimos en el Liceo, luego integramos la misma agrupación folklórica en la cual tuvimos la oportunidad de ser seleccionados para integrar la delegación que formó parte de la apertura del Festival de Doma y Folklore de Jesús María 2003, así como también participamos de los espectáculos callejeros de Cosquín del mismo año. Fue así como comenzamos a ser pareja en la danza y en la vida.

Santa Fe Nativa: ¿Qué es la danza para Uds.?

Es difícil de explicar con palabras, es algo muy fuerte que no cabe en el cuerpo, te hace vibrar el alma, que te libera… Es la tierra, la gente… Lo que no se puede decir con palabras y que solo el cuerpo trata de explicar, así como un músico trata de contarlo con su melodía…

Santa Fe Nativa: ¿Cómo es el ambiente de la danza?

Como todos los ámbitos, es un lugar donde podes encontrar gente a quienes llegas a considerar como a tus hermanos y a otros que es mejor no cruzarlos (risas). Pero es uno de los ambientes en donde la familia es uno de los ejes fundamentales… Bailamos Folklore, una de las representaciones de nuestra cultura, de nuestro patrimonio… es por eso que es tan importante que esté la familia presente, porque es el pilar de nuestra nación y sentimiento patrio.
Como todo, siempre tenés logros y fracasos, pero todo sirve, de todo se aprende, es la única forma de crecer…

Santa Fe Nativa: ¿Cuál es el mayor logro para un bailarín de folklore?

Creemos que el mayor logro de un bailarín, desde nuestro punto de vista, es ser reconocido, pero no con laureles y carteles luminosos, sino que comprendan que lo nuestro lleva tiempo, trabajo, responsabilidad, dinero (que poquísimas veces se recupera), que esto deja de ser un pasatiempo para convertirse en un compromiso: con nosotros, con uds, con nuestra gente y con las generaciones futuras… Nuestro trabajo tiene que ser el más puro posible para no perder nuestra identidad nacional y dejar huella para que las próximas generaciones sepan de donde vienen…


Santa Fe Nativa: ¿Dónde les gustaría llegar con la danza?

Al corazón de la gente, que aunque estén sentados le podamos transmitir la pasión que sentimos al bailar… Sin palabras, con el alma…

Santa Fe Nativa: ¿Cómo ven el presente del género folklórico?

Vemos que muchos toman a las Danzas Folklóricas como un circo, y perdón si esta expresión suena dura. Nosotros bailamos lo que académicamente se llama Tradicional, pero no nos quedamos con lo que aprendimos en el Instituto, seguimos nuestra investigación, tratando de viajar e interiorizarnos en la región con la cual vamos a trabajar. En la actualidad estamos trabajando en una investigación y recopilación documental con trabajo de campo sobre Tanguito Montielero, danza de pareja característica de Entre Ríos, y esto nos llevo a recopilar datos sobre otras danzas litoraleñas, costumbres, vivencias. Se necesita urgentemente a personas que trabajen en la recopilación y recuperación de nuestro patrimonio… dejar de utilizar al Folklore como un negocio marquetinero, donde ves ballet con mucha disciplina, mucha técnica, mucho vestuario, muchas luces…pero de Folklore poco y nada; y lo peor de todo es que se muestra en los escenarios Folklóricos más importantes, con transmisiones a diversos puntos del mundo, donde es nuestra oportunidad de mostrar lo puramente argentino y no un híbrido sin identidad… “el que no sabe adonde va, es porque ignora de donde viene”…

Santa Fe Nativa: ¿Quiénes son sus referentes?

Todos aquellos que día a día luchan y trabajan por nuestra identidad, del ámbito que sea, sin distinción alguna…

Santa Fe Nativa: ¿Una anécdota?

En Agosto de 2008 viajamos a Hernandarias, localidad a orillas del Paraná, en Entre Ríos. Fuimos a conocer y entrevistar a Don Pancho Moreno, músico litoraleño de 87 años, buscando datos sobre el Tanguito Montielero y otros ritmos regionales.
Don Pancho sufre de artrosis, enfermedad que no le permitió seguir tocando la guitarra. Dos días antes de nuestra visita, Don Pancho no podía moverse de su cama a causa de los dolores que lo atormentaban, pero a nuestra llegada, luego de invitarnos a pasar y compartir unos “cimarrones”, pidió una vieja guitarra a su señora ¡¡¡y comenzó a tocarla para nosotros!!!
Su esposa tenía los ojos brillantes…nosotros estábamos pasmados!! Pero mucho más cuando, después de regalarnos varios temas, nos miró y comenzó a llorar diciéndonos ¡¡Gracias por acordarse de mí!!...

Esa imagen quedó en nuestra memoria y en nuestros corazones…nuestro trabajo tiene sentido!!!

Santa Fe Nativa: Gracias y muchos éxitos.

Muchísimas gracias a uds, fue un placer!!!

Gustavo Machado

Mitos, leyendas y seres sobrenaturales

Mitos, leyendas y seres sobrenaturales

Por lo general, las palabras mito y leyenda se utilizan como sinónimos. Sin embargo, es posible establecer entre ambos algunas diferencias, aunque, en muchos casos, los límites entre una y otra sean imprecisos.

El mito está relacionado directamente con lo sagrado, por lo tanto, sus protagonistas son dioses y héroes ligados a esos dioses, que los protegen o los ponen a prueba. Los hechos evocados trascurren en un tiempo impreciso, en el que las deidades tienen un trato directo y cercano al hombre.
En las leyendas, no existe tal proximidad a los dioses y, aunque ocurren cosas maravillosas o aparecen seres sobrenaturales, estos hechos no se consideran sagrados.
La cultura popular argentina es depositaria de infinidad de mitos, leyendas y seres sobrenaturales. Muchas de estos relatos provienen de las distintas etnias aborígenes que poblaron el actual territorio argentino y, en general el mismo relato varía de zona en zona sin perder lo medular del mismo. Otras veces, los relatos surgieron del sincretismo experimentado por las poblaciones conquistadas.
Al provenir de la etapa prehispana, la mayoría de los relatos pertenecen al mundo rural y se destacan las fuerzas de la naturaleza. La influencia española, con su fuerte religión católica, son claramente distinguibles pues los protagonistas que aparecerán en ellas serán exógenos al mundo americano: animales, plantas, personajes y roles nuevo se mezclan con los ancestrales seres y relatos.
Nacidos oralmente y conservados en ese soporte por mucho tiempo, algunos de ellos fueron debidamente recopilados, más cientos de ellos siguen viviendo sólo en la memoria y las lenguas que no los dejan desaparecer. Otros tantos han desaparecido con quienes los crearon y el paisaje que les dio origen.
Orales o escritos estos relatos conforman el folclore argentino. Representan una cosmovisión forjada a la sombra del sincretismo y de un mundo que poco a poco perece a la luz de la modernización.

Seres sobrenaturales de la cultura popular argentina
EL antropólogo tucumano, Adolfo Colombres, es uno de las personas que recorrió los caminos del mito en la argentina desde una mirada que valoriza al mito como una manera válida y abarcativa para entender el origen y la identidad de los pueblos, respetando la configuración que los indígenas y criollos dieron a sus "seres sobrenaturales". Del libro, Seres sobrenaturales de la cultura popular argentina, Ediciones del sol, rescatamos algunos de ellos.

Mboi- Yaguá
Víbora con cabeza de perro, que ulula en los bañados y esteros de la región guaraní.

El Cachirrú
También llamado Cachurú. Divinidad maligna muy temida en la región de Mailín, Santiago del Estero. Se lo representa con una forma de un descomunal lechuzón de poderosas garras y agudo pico. Su plumaje es gris oscuro y ríspido, degradando en cerdas a la altura de las piernas. Sus ojos enormes y fosforescentes, brillan como hoguera en la sombras. Esta luz y sus gritos agoreros son las únicas señales que denuncian su vuelo silencioso.
Se dice que puede alzar a un hombre por los aires o desgarrar su cuerpo en un santiamén. Pero prefiere arrebatarle el alma a la hora de su muerte, para convertirlo en un fantasma terrible.
Vive en las más inaccesibles marañas del monte, donde el hombre no penetra. Pero como estos montes son cada vez más escasos, su reinado declina y hasta parece concluido.

E-Yara
Es el Padre de las Aguas de los guaraníes. Suele convertirse en flamengo de encarnadas plumas para acercarse así a los jóvenes, a las que reduce de tamaño con sus encantamientos y lleva a su morada. Se presenta también como un enano de cabellos rojos y larga barba blanca. Muy conocido en la Laguna Iberá.

El Toro Súpay
Toro Diablo. Conocido en Santiago del estero, especialmente en los feraces montes montes del río Saladillo y el resto de la región saladina. Ricardo Rojas lo describe como de estatura gigantesca, cabeza redonda, entre humana y taurina. Las narices, y su boca parece una tropa llena de bramidos. Otras descripciones recogidas por Bravo y Franco destacan sus cuernos de oro.
Protege a la hacienda, y le da un grado de prosperidad inalcanzable por los medios naturales. Pero es preciso para esto que el dueño de la misma haya realizado un pacto con el Súpay. A la muerte del dueño, éste no solo cargará su alma, sino también su hacienda. Al amanecer del día siguiente, mientras aún dure el velorio, los corrales estarán vacíos.

Negros del Agua
Se trata a parecer de una leyenda originaria del Brasil. Es indudable su parentesco con el Y-Póra, pero hay diferencias que impiden confundirlo con aquél. Los Negros del Agua son enteramente negros y calvos, y al parecer de menor tamaño del Y-Póra, por lo que se los llama también Negritos del Agua. Sus manos y pies tienen membranas interdigitales, como las palmípedas. Según una versión, poseerían un solo ojo grande.
Suelen andar en grupos, lo que es muy raro entre seres sobrenaturales. En las siestas ardientes ahogan a los niños que se acercan a l agua, y al atardecer, o en las noches de luna, a los navegantes, tumbando sus canoas. Se los ve con frecuencia emerger de una laguna, pero al percatarse de que son observados se ocultan de inmediato. Su hábitat es el Noroeste Argentino, Paraguay y Sur de Brasil.

Ajuntsaj
Es el Carancho, héroe salvador de los matacos.

Yasí-Yateré
También Yacy Yateré. Hermoso enano rubio y barbudo que recorre el campo desnudo, con un sombrero de paja en la cabeza, y en la mano un bastón de oro que jamás abandona, por ser el arma que le permite hacerse invisible y disponer de otros poderes sobrenaturales. Se dice que en la parte superior de este bastón se halla el silbato que produce el estremecedor llamado que advierte su presencia y deja sin dormir las mujeres cuando lo escuchan de noche. Otros afirman que el autor del silbido es un misterioso pájaro, pero las descripciones que se hacen del mismo son tan variables e imprecisas que solo sirven para probar lo insostenible de la aseveración.
Otras descripciones sostienen que lleva los pies hacia atrás, que es viejo, rengo y feo, que en vez de bastón lleva en la mano una caña, vara o lazo, e incluso que tiene cuatro talones. En este último caso se llama pytá-Yobay. Según Martínez Gamba, los mbyá no lo conocen. Para León Cadogan, el origen de este mito podría ser el Jakarendi de los aché-guayakí.
Habita en la selva. Su guarida está en los troncos, de donde sale por las siestas, y a menudo también de noche, sobe todo en las de luna llena. Rapta niños para jugar un tiempo con ellos, lamerlos y abandonarlos luego en un monte, envueltos en enredaderas. Otras veces los ahoga en un arroyo al que los conduce con engaños, o los retiene para enseñarles a robar niños. También secuestra muchachas hermosas para satisfacer sus apetitos sexuales, naciendo de tales uniones criaturas que revelarán luego las mismas inclinaciones del padre. Los raptados por el Yasí-Yateré sufren un ataque de epilepsia o algo semejante al cumplirse un año del hecho.
Le gusta la miel silvestre. También mascar tabaco, por lo que algunos, para granjearse su amistad, alimentan su vicio, dejándole una hojas en los sitios que frecuenta. La ofrenda puede consistir también en otras cosa de su agrado. A los pocos días se mostrará al que así busca su compañía, le hablará y se convertirá pronto en su amigo fiel, que lo ayudará a salir airoso de las empresas más difíciles. Pero si se olvida un vez de dejarle el regalo habitual, montará en cólera y se volverá su más encarnizado enemigo.
Su leyenda está muy difundida en Corrientes, Misiones y Paraguay. En Río Grande do Sul se lo conoce como Sacy. Se afirma allí que tanto el Sacy como el Yasí-Yateré son guardianes de la selva, símbolos de lo útil y bello que debe ser preservado de toda destrucción insensata.

El Lobisón
Según Cámera Cascudo, esta leyenda arranca de la tradición greco-latina. Para Teófilo Braga, su origen sería escandinavo. Cervantes se refiere a ella en Persiles y Segismunda. Para los franceses vendría a ser el loup-Garou. Menéndez y Pelayo nos habla de su vigencia en San Miguel de los Azoes, donde lo llaman Lobishómen. No obstante estos antecedentes foráneos, Daniel Granada insiste en que ya era conocida en el Plata mucho antes de la llegada de los españoles, lo que no deja de resultar plausible dada la existencia de otros hombres-animales en el área guaraní, como el Yaguareté-Abá. Está muy extendida en el litoral, y especialmente en Corrientes y Misiones. También la conocen en Río Grande do Sul y otras regiones de América, con nombres como Lobisone, Lobisonte, Lubisón y Luisón.
El Lobisón s siempre el séptimo hijo varón seguido de una pareja, así como la séptima hija mujer seguida será bruja. Su representación más frecuente es bajo la forma de un perro negro y corpulento, de orejas desmesuradas que le cubren la cara y con la que producen un fuerte chasquido. Sus patas se parecen a pezuñas, y sus ojos son fulgurantes. Su color suele ser bayo o negro, según la piel del animal en el que se combinan las naturalezas del perro y el individuo. También es común representarlo como un animal en que se combinan las naturalezas del perro y el cerdo. Con menor frecuencia se lo describe como un aguará-guazú (lobo de crin), una oveja, un cerdo o una mula.
La transformación no ocurre en cualquier momento, sino a las doce de la noche de la noche el viernes, y a veces también del martes. Un tiempo antes, el hombre que padece esta “enfermedad” experimenta una sensación extraña, y luego una acuciante necesidad que lo lleva apartarse de sus semejantes y ganar la intimidad del monte, donde a la hora señalada se quitará la ropa y dará en el suelo tres vueltas “carnero”, de derecha a izquierda, mientras reza un credo al revés. Se opera así la metamorfosis, y sale entonces de correría hasta que el canto del gallo lo devuelva a su humana condición. Durante esa noche, los perros aúllan enloquecidos, advirtiendo su presencia. Va a los chiqueros, gallineros y corrales en busca de excrementos, su más preciada comida. También suele vérselo en los cementerios,revolviendo tumbas en busca de carroña. DE tanto en tanto, para balancear su inmunda dieta, comerá un niño no bautizado. Parece despreciar la carne de los adultos.
Si alguien lo hiere con un cuchillo, el Lobisón recobrará su forma humana, pero el comedido redentor se expone así a ser muerto por el monstruo. Lo mejor es matarlo con una bala bendita. EL impacto lo volverá a su forma humana, y será un hombre muerto lo que encontrará el tirador. Si sólo lo hiere huirá por el monte tratando de alcanzar su caza.
El hombre que se convierte en Lobisón suele ser alto, flaco, escuálido. Se lo reconoce por el tomo amarillento de su rostro y su mal olor, que a veces llega a la pestilencia. Es descuidado el vestir, y si carácter huraño, intratable. Todos los sábados cae en cama enfermo del estómago, por las porquerías que comió en la noche.
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Prof. Hernán Agustini

Roberto Pedro Rojas

Roberto Pedro Rojas
Lo que nos pasa ahora(*)

Nadie lo esperaba; en pleno otoño, después de fuertes lluvias, nos llegó de golpe el invierno. Pienso que el otoño se molestó bastante, pero las grandes heladas lo sacaron rajando.
Esa madrugada, cuando oí moverse a la mama en la oscuridad. Me acurruqué aún más en el jergón desde dormía. Desde la tarde anterior tenía las patas heladas y eso me mantenía despierto.
A poco después se escuchó el pito de la fábrica de Avellaneda.
Sentí sus manos acariciándome la cara, y con voz queda me dijo: “Chelito levantate”. Lo hice lentamente, sin ganas. Salí al patio todavía en sombras, rompí la escarcha del agua que contenía la vieja palangana y me lavé la cara.
Volví. “Mama, ¿está el cocido?”
-Sí, pero amargo. Nos quedamos otra vez sin azúcar. Tené cuidado, está muy caliente.
Me peiné apurado y salí corriendo en dirección a la luz de la capilla. Era el camino que más me gustaba, más que nada porque siempre estaba iluminado.
En agosto las calles están muy oscuras a las seis de la mañana.
Pasé frente a la capilla y, siempre corriendo, crucé las vías del ferrocarril; todavía faltan quince cuadras hasta el centro distribuidor de diarios.
Al llegar, ya había una veintena de chicos y muchachones queriendo ganar los primeros lugares. Me quise colar entre los que estaban adelante, pero un grandulón, de un empujón me quitó las ganas.
Los primeros canillitas se perdían pregonando los diarios.
Cuando salí, enfilé hacia los lugares donde se trabajaba de noche que podían estar abiertos a esa hora: estaciones de servicio, juegos electrónicos, bares. Nada que hacer, ya habían pasado los otros por allí. No es mi día, me dije. Se me ocurrió pensar en los bancos que abrirían temprano. Mala leche, estos lugares también estaban ocupados.
Tendría que resignarme, no pegaba una. ¿Sería que esta mañana no saldría de perdedor? Pero no. Había que ganarle la mala suerte. Sin pensarlo más empecé a gritar con todo mi voz: Diario… Diario… Edición 4… con el crimen del Arroyo de El Rey…
Al cruzar la plaza me encontré con un cura. Seguramente iría a alguna capilla a dar misa.
- Señor, ¿me compra un diario?
Se detuvo y me miró. Puse mi mejor cara de lástima. Sentí sus ojos sobre mis pies descalzaos, el pantalón remendado, la vieja y raída chamba que cubrían mis desnudeces.
- Bueno, ¿tenés cambio? –me extendió un peso.
- No señor, es el primero que vendo –bajé la cabeza.
- Está bien, quedate con el vuelto.
Después de todo, no empezaba tan mal el día.
Cuando el reloj de la catedral anunció las doce, sólo me quedaban cinco diarios. Si conseguía venderlos, podría comprar azúcar, pan y hasta un poco de puchero. Eso sí, tendría que ir la mama a comprar. Porque siempre que van los chicos el carnicero se aviva y le dan huesos, nomás.
También tenía que tener cuidado que la plata no la agarrara el viejo; porque se iba al boliche y la hacía vino. Y la mama a amargarse de nuevo. Me daba una bronca.
Es buena la mama. Esta mañana, al acariciarme la cabeza la sentí más tierna que nunca. Ahora que lo pienso la misma dulzura que cuando amamanta a José, el menor de mis hermanitos.
A veces el viejo viene mamado. Entonces la muele a palos y le recrimina siempre lo mismo: ¿Dónde estuviste? ¿Por qué demoraste tanto, puta de mierda?
La mama lo miraba fijo a la cara sin pestañear. Antes se largaba a llorar a gritos; ahora no, soportaba todo sin una lágrima.
Sin embargo, cuando nos lleva al dispensario y los hombres le dicen algo al pasar, se le cambia la cara. Una chispita se prende en sus grandes ojos marrones y, dándose vuelta, oculta una sonrisa.
Para colmo, hace poco la echaron del trabajo. Era sirvienta en una casa del centro. Siempre le regalaban alguna ropa para mis hermanitos. Por lo menos así tenían abrigo.
A mi hermanita Ramona le contaron que la patrona la echó porque faltaba demasiado al trabajo. Debe ser mentira: yo sé que todas las mañanas se va a trabajar mientras el viejo duerme la mona. Antes prepara a los hermanitos más chicos y los deja en la guardería, a Ramona y a Juancito los manda a la escuela. Si la echaron habrá sido porque protestaba demasiado, como lo hace aquí en casa. Ella se preocupa siempre por todo. Habla con las maestras, cuando hace falta, o con mi patrón y hasta con ese señor que da las charlas sobre Alcohólicos Anónimos en la capilla para que convenza a papá que deje de chupar de una vez por todas.
Pero, el viejo hace tanto tiempo que se le dio por eso… Me acuerdo que yo tenía cinco años cuando cayó del andamio. Trabajaba de albañil. Sí, hará como ocho años. Me parece verlo en la ambulancia que lo llevaba al hospital. Allí lo tuvieron enyesado medio cuerpo como seis meses. Desde entonces no trabajó más.
Otra vez las campanadas: ya son las doce y media. Si no me apuro, no voy llegaré a horario al comedor escolar.
No me gusta la escuela, pero tengo que comer al mediodía. Total, aguanto un poco las clases y listo.
A las cinco de la tarde, salgo de nuevo gritando: Diario… Diario… hasta vender el último.
Voy a rendir cuentas y cobro mi porcentaje.
Cuando salgo de la distribuidora, el sol ya se ocultó; otra vez el frío que me hace doler los dedos de los pies. Se viene la noche. Vuelta a correr. También me duelen las pantorrillas. Cruzo las vías. La capilla está iluminada como a la madrugada. Me ladra un pero, le tiro una patada. No quiero detenerme. Me faltan apenas doscientos metros.
Qué contenta se va a poner cuando vea el dinero que le traigo. A lo mejor le alcance para comprarle un medio con soda al viejo.
En la puerta del rancho veo a mis siete hermanitos esperándome. La Ramona, con José en sus brazos, se adelanta y me dice llorando.
- Chelito, la mama se fue de casa.
- Sos loca vos, dejá de hablar pavadas.
- Te digo que es así. Escuché cuando doña Ruperta, la de la esquina, se lo contaba a papá. Dijo que la vio esta mañana cruzar las vías. Al otro lado la esperaba en un automóvil ese señor que viene los martes a la capilla y habla de los que toman vino, ¿te acordás?
- No, no puede ser, no lo creo. La Ruperta es una charlatana.
- Al principio no se lo creíamos, pero después pasaron las horas y no volvía ¿Dónde crees que puede estar a esta hora?... Ruperta contó que la mama siempre le decía que cualquier día se mandaría a mudar, que ya estaba harta de tantos palos, del hambre, de tantos hijos y miseria y que, sobre todo estaba harta de tanto olor a vino.
Me quedé más frío que mis patas. No podía ser, justo hoy… Ella, la mama.
Me senté en la zanja y con un palito comencé a dibujar mamarrachos en la tierra. No quería pensar. Ahora no sólo me dolían los pies: también la boca del estómago. Si hasta tenía ganas de vomitar. Quedé a oscuras, como si me hubieran tirado una lona encima.
La saliva amarga seguía subiendo, algo se me anudaba en la garganta.
No, ya no me importa nada más. No vendería más diarios ni tampoco me levantaría temprano y menos con este frío. ¿Para qué?
Los mandé a mis hermanitos que se metieran dentro del rancho. Seguramente tendrían hambre porque se fueron llorando.
Pensándolo bien, a lo mejor el viejo conseguía otra mujer. Siempre suelen venir de Goya a la cosecha y algunas hasta vienen sin marido.
Me puse de pie.
Un haz de luz salía del interior del boliche, iluminando pobremente lo ranchos que lo rodeaban; creí que me llamaba.
Despacio me fui acercando. En una de esas, si lo acompañaba al viejo con un vaso de vino, se me pasaba el dolor.
Entré. Sentado en un rincón, estaba él. Se dio vueltas y me vio.
- ¿Viste Chelito, lo que nos pasa ahora?
Extendí mi mano con los billetes diciéndole: “pedí otra botella”. Total, para qué los quería ahora.
Mañana andaríamos secos otra vez. Sería cuestión de mandar a mis hermanos a pedir limosnas. Si les daban alguna moneda, hasta para el vino nos alcanzaría.
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(*) En Sopla el rupá oiquaá. Rodolfo Pedro Rojas. En el prólogo el autor señala que “es necesario nacer en esta tierra y mamar en sus raíces, para poder interpretar sus personajes, contar sus historias o hablar de sus frustraciones que no son otras que las que sufriera América Latina toda (…) Considero personalmente el compromiso del escritor, del músico o del artista, es el de ser comunicadores válidos para desnudar sus realidades y faltas de oportunidades de muchos de sus hijos y así lograr a través de sus expresiones el gran cambio para su realización como personas”.

Mercedez Silva

Mercedez Silva


Esta autora es presentada en Mensajes del Gran Chaco, libro de su autoría donde recopila literatura oral indígena, como una amiga de los Pueblos Indígenas que, con otras dos integrantes de la “Fraternidad Nuestra Señora de América”, optó hace más de veinte años por vivir junto a los Tobas, en Pampa del Indio, Chaco.

Incluimos aquí algunos de los relatos recogidos porque muchos de ellos también, alguna vez, resonaron junto al fuego en nuestra región ya que las fronteras políticas actuales son creación del hombre blanco.
Aún hoy, en algún alejado barrio de nuestras ciudades, un anciano puede estar recordándolos o relatándolos a sus nietos pues los límites políticos no vinieron solos. La civilización los desplazó de las tierras donde corrían bravíos.


“El robo del Fuego"
(relato wichí)

Recopilado por Alfredo METRAUX y recreado por Miguel Ángel PALERMO.
En los tiempos antiguos, luego del gran incendio que quemó toda la tierra, los árboles volvieron a crecer y todo estuvo como antes, menos una cosa: con Jualá (el Sol) tan enojado, ahora ya no había quien cocinara para la gente- en esa época puros animales- y después de tantas llamas nadie tenía el más mísero fueguito.
En realidad nadie no, porque el Jaguar -(vaya uno a saber cómo)- había conseguido hacer una buena fogata, que mantenía siempre encendida. Pero que el Jaguar tuviera fuego era lo mismo que nada, porque era tan bravo como amarrete y habían sido inútiles todos los ruegos que le habían hecho.
"¡No!"- contestaba siempre que le pedían aunque fuera una brasita, nada más que una llamita, "¡No, no, y he dicho que no!".
Y los que habían ido como delegados de los demás animales se habían tenido que volver corriendo - o volando, según los casos- si habían sido muy insistentes, un bramido de esos que ponen los pelos de punta venía como respuesta, si lo impacientaban, y algunos más porfiados habían estado a punto de que les diera un zarpazo.
Viendo que era inútil pedir, los Animales decidieron sacarle el fuego.
Aunque no quisiera. "El que no quiere compartir- decían- no merece que lo respeten".
Pero como no había ninguno más fuerte que el Jaguar, tenía que ser cosa de astucia, nomás. Y tenía que ser mucha astucia, porque el Jaguar, además de no ser ningún sonso, estaba siempre vigilando.
El primero en probar fue un bicho que en el Chaco llaman Oculto y en otras partes del país Tucu-tucu, es un roedor del tamaño más o menos de una rata, pero con la cola más corta. Y ¿por qué le habrán puesto ese nombre? Le dicen así porque se pasa el día metido en sus cuevas, hace largas galerías subterráneas con entradas que abre y tapa cuando quiere, y sale nada más que de noche para buscar su comida. Nombre bien puesto: se la pasa oculto. Y ¿por qué hay quien lo llama Tucu-tucu? Por un ruido, una especie de retumbo (tucu-tucu justamente) que hace bajo tierra.
Buen cavador como era el Oculto pensó un plan bastante interesante: haría un túnel bien largo, que empezara donde el Jaguar no lo viera y acabara al lado de la fogata. Allí se asomaría despacio, sacaría una brasa, taparía el agujero y se volvería enseguida.
El plan era bueno, pero a último momento falló.
Es que, demasiado confiado, el Oculto hizo su famoso ruido -tucu-tucu- dentro del pasadizo y el Jaguar, que tiene muy buen oído, lo sintió. Sonrió, escuchó bien para calcular por dónde iba a aparecer el ladrón y se sentó a esperarlo. Apenas se empezó a remover la tierra en el lugar en que el Oculto se iba a asomar, el Jaguar preparó la garra. Y cuando salió la cabecita, ¡zas! le pegó un flor de golpe. Tan fuerte fue que, desde entonces, al Oculto le quedó el hocico achatado, y así son todos los Ocultos hoy. Dolorido, ñato, y para colmo oyendo las carcajadas guarangas del Jaguar, el pobre se volvió por su túnel, y no volvió a insistir.
Cuando lo volvieron a ver en ese estado y con las manos vacías, los demás animales se desilusionaron bastante, pero entonces se presentó otro voluntario el Conejo. No era un conejo doméstico de esos blancos, lanosos y orejudos, sino un conejo chaqueño, marrón y de orejas cortitas, muy parecido a las liebres patagónicas o maras, de las cuales es pariente.
El Conejo pensó que tratar de llegar al fuego sin que el Jaguar se diera cuenta era imposible: el grandote tenía tan buena vista, tan excelente olfato y un oído tan fino (como vimos recién) que siempre se iba a dar cuenta. Y esperar a que se durmiera era perder el tiempo, no porque no se echara a dormir - en realidad se manda unas siestas de locos- sino porque tenía el sueño más liviano que una pluma, el rumor más chiquito lo despertaba.
Y era mejor no seguir haciendo pruebas raras, porque si el Oculto había terminado con el hocico aplastado, otro podía acabar despachurrado o adentro de la panza del Jaguar.
Así que la cuestión era acercarse abiertamente con algún pretexto.
Después, con otra excusa, quedarse un rato junto al fuego hasta que el manchado se distrajera, y en ese descuido sacarle una brasa y correr, correr desesperadamente para dejar atrás al Jaguar.
El problema del Conejo era encontrar un buen pretexto.
“Pasaba por acá cerca y quise venir a saludarte". Mmm, poco le gustaban las charlas al Jaguar.
“Vine a ver si no encontraste unas frutas que se me perdieron el otro día". Mmm, el Jaguar lo iba a sacar corriendo.
“Vengo a traerte un regalito" ¡Eso! Un regalo era lo que podía hacer el milagro de que el Jaguar lo dejara acercar. Pero el Conejo ya se imaginaba cómo la fiera le decía:"Dejalos ahí y andate".
Entonces vio qué tenía que hacer: llevaría algo para comer - el Jaguar siempre estaba hambriento- pero algo que fuera bueno para cocinar.
Podría ofrecerse para asarlo y de esa manera iba a poder estar un buen rato cerca al fuego, sin que el Jaguar sospechara, hasta que fuera la oportunidad de salirse con la suya.
Así fue que, con la ayuda de la Garza, gran pescadora, el Conejo consiguió unos hermosos pescados, los ensartó en una piola y se fue muy sonriente a visitar al Jaguar.
De lejos nomás el otro le pegó el grito:-"¡Fuera de acá!".
Pero el Conejo, disimulando el miedo que tenía, gritó por su parte:
-"Pero Tío, ¡Si te traigo un regalito!"; le decía Tío en señal de respeto, no porque fuera el sobrino.
Al Jaguar le interesó el asunto y, aunque ya olfateaba pescado (que le gustaban mucho), preguntó-"¿Qué traés?"
-"Unos pescados muy lindos" - contestó el Conejo.
-"Bueno, dejalos y andate"- le dijo el Jaguar.
-"Pero Tío, déjeme que le haga el regalo completo. ¡Estos pescados quedan buenísimos asados! ¡Crudos no valen nada! Y no va a andar cocinando usted. Si no, ¿qué clase de regalo es? Yo se los voy a cocinar, bien asaditos, con gustito a ahumado, ya va a ver cómo sé preparar el pescado yo".
-"Mmmmmbué"- dijo el Jaguar - "Metele nomás!
El Conejo sacó los pescados del hilo, los abrió por el lomo- como se usa en el Chaco- y los puso a asar, abiertos, en unas ramas verdes.
A cada momento los daba vuelta y los acomodaba, los tocaba para ver cómo estaban, los olía y los miraba. Al fin, el Jagua r se aburrió de vigilarlo- auque no dejaba de desconfiar- y el Conejo, haciéndose el distraído, apoyó sobre las brasas la cola de un pescadito chico, una mojarra -"Ffff"-, hizo al tocar el fuego y se pegó una brasa chiquita. El Conejo echó una mirada al Jaguar - que estaba bostezando y mirando para otro lado-, manoteó la mojarra con la brasita pegada, la dobló, se la puso debajo de la mandíbula, la apretó así contra el pecho y salió corriendo.
De reojo, el Jaguar lo vio y pegó un brinco: "¿Qué le pasaba a ese Conejo chiflado?". Enseguida alarmado miró su fuego: los pescados seguían asándose tranquilamente. Volvió a mirar al Conejo que corría y vio que de debajo de la mandíbula le salía un poco de humo: aunque la brasa iba envuelta en la mojarra se le estaban quemando algunos pelos.
Cuando el Jaguar se dio cuenta de la trampa, saltó como un rayo y empezó a correr, rugiendo furioso.
El Conejo se daba vuelta y veía como la ventaja que le había sacado de entrada, ahora se perdía, que la fiera estaba cada vez más cerca, más cerca.
Entonces, dándose cuenta de que ya lo agarraba, tiró la brasa entre los yuyos. Pero los yuyos estaban resecos, porque hacía bastante que no llovía, así que enseguida se levantó una llamarada y el viento la hizo crecer y crecer...
Desesperado el Jaguar trató de apagar el fuego, soplando y dando manotazos y pisotones por todas partes, pero ya era tarde.
Del pasto, las llamas se pasaron a un árbol y después a otro y a otro más.
Loa animales corrieron con ramas y se llevaron cada uno un poco de fuego.
A partir de ahí, todos tuvieron su propia fogata.
El Jaguar se quedó con mucha bronca, más intratable que antes. Y a partir de entonces tuvo las plantas de las patas secas, medio quemadas desde que trató de apagar el fuego (algunos también dicen que tiene la piel más manchada desde esa historia).
Como recuerdo de esta aventura, el Conejo del Chaco tiene una manchita blanca en la garganta, allí donde se quemó con la brasa que se robaba.
Desde entonces, además, el Fuego se metió en la madera de los árboles y por eso se puede encenderlo frotando dos palitos.
El robo del Fuego
La solidaridad

Contextualización
Este es un relato tradicional del pueblo Wichí, al cual algunos denominan mataco.
Fue recopilado a principios del siglo XX por E. Nordenskjöld. Unos treinta años después, lo escuchó Alfredo Matraux, narrado por otro wichí y lo publicó en 1946.
Mucho más tarde Miguel Ángel Palermo reelaboró el texto y le dio un estilo ágil y ameno. Luego lo incluyó en su obra "Cuentos que cuentan los Matacos" ( 1987).
Así llega hasta nosotros, afirmando que, en tiempos remotos, el fuego estaba en poder del tigre americano, yaguareté o jaguar.
Este es un animal muy temido, no sólo por su tamaño y ferocidad, sino también porque se lo asocia a fuerzas espirituales muy potentes y peligrosas para los humanos. No obstante esto, existen muchos relatos en los cuales el tigre sale perdiendo o es burlado por otro más pequeño.


“El carancho y el Fuego”
(relato toba)

Recopilado por Alfredo Metrux y recreado por Miguel Ángel Palermo.
Parece que en los tiempos viejos, la gente no tenía fuego. Eso era una macana, porque entonces tenían que comer crudo y, claro, no toda la comida cruda es buena: el pescado no tenía gusto a nada, la carne no era jugosa, y otras cosas eran durísimas sin cocinar.
Para colmo, la gente estaba encerrada e una gran isla, rodeada de agua. Y esa agua estaba gobernada por un enorme Viborón malo que no dejaba que nadie entrara en la isla.
Como la estaban pasando tan mal, un jefe dijo que había que ir buscando el Carancho, que era el único que podía ayudarlos. Así que salió de la isla y caminó y caminó hasta que lo encontró.
Escuchame, Carancho –le dijo-. Tenés que ayudar. La gente está encerrada en una isla (solo yo puedo salir) y no tiene fuego.
-Bueno, mañana voy –le contestó el Carancho, que no era un tipo que negara ayuda, pero tampoco era un atropellado que hacía las cosas a lo loco, le gustaba tomarse su tiempo [...]

Cuando llegó, el agua le habló:
-¡Un momento! ¿Adónde va? ¡Por acá no se pasa! –le dijo de mal modo.
-Soy el Carancho y voy a pasar. Esa gente necesita fuego.
-Mi jefe, el Viborón, no deja pasar a nadie con fuego –contestó el Agua.
-No tengo fuego –dijo el Carancho- y voy a pasar.
-Bueno, pero se le das fuego a la gente, te vamos a matar, mi jefe y yo –contestó el Agua, que se quedó tranquila porque veía que el Carancho en ese momento no traía ninguna brasa ni rama encendida. Como en ese entonces no había fósforos ni encendedores, pensaba: “¿Cómo va a hacer el Carancho? No va a poder”.
El Carancho pasó y se encontró con la gente: -¿Qué pasa? -preguntó.
-Tenemos que comer todo crudo, no nos gusta, queremos fuego –le contestaron.
-Bueno, a ver, tráiganme dos palitos –dijo.
Se los trajeron y se puso a trabajar. Colocó uno acostado en el suelo y le hizo un agujerito en el medio, después puso la punta del otro en ese huequito y lo hizo dar vueltas muy rápido con las manos, hasta que se calentó tanto que empezó a salir humito. Entones agarró pasto secó y lo encendió y después trajo ramas y armó un gran fuego.
La gente decía: -¡ah! ¡Oh! –nunca habían visto un aparato de esos para hacer fuego, porque el Carancho lo acababa de inventar.
-Ya pueden cocinar y ahora ya saben cómo hacer fuego –dijo él- Ahora tengo que arreglar un asunto.
Metió la punta de una lanza en el fuego y cuando se calentó bien fue corriendo y la puso en el Agua mala que rodeaba la isla.
-¡Pfff! –hizo el agua y alió un montón de vapor. El Carancho volvió a calentar la lanza y la metió de nuevo en el agua. Salió más vapor. Tanto hizo esto que el Agua se evaporó toda, el Viborón se murió y la gente quedó libre.

Contextualización
El Carancho aparece en muchos relatos, siempre es el personaje más importante o sea el protagonista.
Tiene actitudes positivas hacia la comunidad e interviene en los momentos difíciles.
Es un héroe cultural guaycurú, es decir, d los pueblos Toba, Mocoví y Pilagá.
El Carancho es conocido con varios nombres según los lugares y según las distintas tradiciones: Chiiquí, Tanquí, Cañagachí (o Canagayé), Kakaré.
En algunos relatos el Carancho obtiene el fuego por primera vez, quitándoselo a un ser poderoso, como Late’e na Amap (la Madre del Algarrobo), o como el Quiyoc (jaguar) del Cielo.
Esa relación del Carancho con el bien primordial de toda la cultura, permite suponer que este relato pertenece al Ciclo arcaico, el de mayor antigüedad, tal vez más de 7.000 años.


El árbol primigenio
(Relato regional)

EL cielo y la tierra estaban unidos por un gran ÁRBOL. Los hombres trepaban por él, cada día, para ir a cazar al mundo superior. Allí abundaba la caza, y hubiéramos tenido siempre de comer, si no hubiera sido por la avaricia de nuestros antepasados. Un día lograron matar un jaguar.
Cuando se repartieron la carne, dieron el vientre a un anciano. Éste, ofendido por haber sido mal servido, se vengó quemando el gran ÁRBOL.
Los cazadores no pudieron descender a sus poblados y quedaron en el cielo, donde forman la constelación llamda Pléyades o Siete Cabritos.

Relato Toba-Pilagá
(Alfredo Metraux)

Hace mucho tiempo, los Wichí trepaban por un ÁRBOL alto y subían al cielo para mariscar (cazar). Un día un grupo mariscó en el cielo y al volver se encontraron con una mujer viejita que les pidió un poco de miel y pescado, porque traían mucho. Ellos no le quisieron dar.
Entonces ella los castigó porque no eran generosos. Otra vez que subieron al cielo, la mujer le prendió fuego al ÁRBOL, hasta que quedaron nada más que cenizas.

Relato Wichí
(Tradición oral)

Los Mocoví creían en un ÁRBOL, que en su idioma llamaban Nalliagdiguá, de altura desmedida que llegaba desde la tierra al cielo. Por él, de rama en rama, ganando siempre mayor elevación, subían ellos a pescar de un río y lagunas muy grades que abundaban de pescado regaladísimo (muy sabroso). Pero un día en que una vieja no pudo pescar cosa alguna y los pescadores le negaron el socorro de una limosna para su mantenimiento, se irritó tanto contra la nación Mocoví que, trasfigurada en gusano, tomó el ejercicio de roer e ÉRBOL y no desistió hasta derribarlo en tierra, con increíble sentimiento y daño irreparable de toda la nación Mocoví.

Relato Mocoví
(P. José Guevara)

El árbol primigenio
El principio de los males

Contextualiación
El relato, con pequeñas variantes, pertenece a la mayoría de los Pueblos Originarios del Gran Chaco Argentino: Wichí, Mocoví, Toba y Pilagá.
Fue registrado por el misionero jesuita P. José Guevara, en el Siglo 18. Durante el Siglo, el investigador Alfredo Meltraux lo recogió y publicó en 1946.
Algunos indígenas adultos admiten hoy conocer esta tradición de su pueblo y dicen: “Los antiguos creían que... “Algunos de ellos también son capaces de explicar detalles de lugar y otros datos más, como las marchas negras que quedaron del incendio.
Según los relatos recogidos el ÁRBOL PRIMIGENIO, el primero que existió, daba Vida a todos y se compartían los Bienes de Arriba y de Abajo, del Cielo y de la Tierra.
Ahora ese Árbol Primigenio no está. ¿Qué pasó? Fue destruido por la acción de los hombres.
Muchos varones y mujeres quedaron arriba, son piguem l’ec (habitantes del cielo); a la noche se ven sus fogatas, son estrellas, astros fríos.
Los que quedaron aquí abajo son alhua l’ec (habitante de la tierra), tienen que sufrir muchas privaciones.
Este fue el resultado por desobedecer la norma suprema de compartir los bienes.

Julio Migno

Julio Migno:

Así como José Pedroni, usaba activamente la poesía para darle nombre y existencia real al paisaje de su provincia. Rescatando las atmósferas particulares de la llanura santafesina, el caráu con su grito de alma en pena, la garza blanca hierática en una sola pata, el sauce que sangra herido a orillas del Salado, desde la montaña madre hasta la pampa del gringo; fijando para siempre en la memoria colectiva los nombres de muchos pequeños héroes suizos, franceses, alemanes e italianos, protagonistas de la colonización agrícola del pago santafesino. Julio Migno, pintará con palabras la costa santafesina, sus habitantes, el Paraná y sus islas.
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Don Julio Bruno Migno Parera, nació en San Javier "en la tierra de mocovíes", como solía decir, el 6 de octubre de 1915, habiendo manifestado desde su infancia una vocación literaria dedicada especialmente a los valores regionales.
Desde su niñez convivió con los descendientes de los indígenas de la última reducción que existió en la República Argentina, en lugares agrestes en la zona del cántaro, en el postergado nordeste de nuestro país.
“Soy de tus islas un timbó cualquiera;
y en tus zanjones, curupí a los vientos;
sauce embrujado de cualquier barranca,
y un llanto colorado entre tus ceibos,
y soy, por una herencia de la suerte,
con mi lanza en la voz, sanjavielero”

Cursó sus estudios secundarios en el Colegio de la Inmaculada Concepción de Santa Fe, a los 16 años escribió su primer libro "A los nuestros" -muy pocos lo conocen- dedicado a Félix Villasur Gutiérrez, un condiscípulo suyo fallecido en el histórico establecimiento educativo de los jesuitas.
En 1943 publicó su primera obra de aliento "Amargas", donde se revela un poeta profundamente conmovido por el paisaje indígena de su terruño y la idiosincrasia de su gente.

“Con tener una “muda” pa esperar las aclaradas,
unos cuantos “baratos” p’ahumar sus cavilaciones,
un retacito ‘e tiempo pa enyenarlo de sueños,
una chinita dulce y un parejero a campo,
se daba por cantento...”

Cuatro años después le siguió "Yerbagüena, el mielero", libro que marca el momento clave en su carrera literaria; su personaje, un imaginario cantor hijo del pago, mereció un elogioso comentario de la BBC de Londres, que la compara con la obra mística de Bunyan.

“Timbó, laurel, curupí,
lindos ceibales en flor,
pago del indio mocobí
San Javier donde nací
no hay otra tierra mejor.”

Asimismo, "Chira Molina" en 1952, presenta el testimonio desgarrado de un paisano valiente e incomprendido, víctima de la injusticia.


“Así es, amigo don Chira:
Al indio qu’echa una suerte
se la da güelta el destino,
y grita “¡culo!” la suerte
y se le réi juerte, juerte,
en la cancha del camino.”


Dos décadas después, en 1972, Migno Parera editó "Michiquises", con dos recopilaciones antológicas: "Cardos y Estrellas" y "De Palo a Pique", donde señala la madurez del canto en el ciclo criollo; a la vez que la culminación del mismo. Se encuentran en la obra numerosas de sus más popularizadas poesías, entre ellas, "Versos pal negro y guitarra", "Romance del indio gringo", "El Hondazo", "La flauta de Paiki", "Versos al indio que llevo" y "San Francisco Javier".


“La noche se le jué encima
y ansí nació aquel moreno,
que tenía rosas y estrellas
en la punta de los dedos.”
(en Michiquises)

“Son puro corazón, lustrosos de años;
quemaos de abajo hasta besar la tierra.
Quebracho, ñandubay y coronillo
de palo a pique en procesión se cierran.”
(en De Palo a Pique)

Don Julio Bruno Migno Parera fue un ejemplo cabal del escritor y poeta que ha puesto su pluma y su corazón al servicio de los más caros valores del terruño, trabajando siempre en favor de la libertad, la democracia y en defensa de su región Litoral, con dimensión universal. El 5 de diciembre de 1993 en la ciudad de Santa Fe el poeta sanjavierino emprendió su último vuelo.
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Pájaros
Pájaro el canto que vuela
pájara el ala que canta;
¡dichosos son los que tienen
un cielo y una esperanza,
y los que saben volar
con un canto en la garganta!
Canoero viejo

Canoero viejo, crioyo del pago
que por caminos de marejadas
quebrada el ala de tu sombrero por una brisa
te vas bogando...
Canoero viejo sentao a popa
con tu escopeta de un solo caño,
que en los temblores de las variyas
prendés el ojo con el fijazo...
Canoero viejo que andás en ancas
de tiempos gënos y tiempos malos,
que ponés curvas de sentimientos
cuando no hay otras, de taco a taco...
Silgador triste de la esperanza,
nubero bravo que vas yevando
rumbiando a estreyas, pa la ranchada,
una provista pa la patrona
y unas masitas pa los muchachos...
Canoero viejo que en los zanjones
cuando se cansan los juertes brazos
tirás el grito p´al horisonte
como un chuchazo...

Espinelero de media noche
que jugás risas a los remansos,
y vistiás de humo las mosquitadas
y a perdigones, yacaresiando,
te hacés silencio, cayás la pala
sobre las cintas de los arroyos del lindo pago...

¡No andés tan solo canoero viejo,
yo te convido con unos tragos,
con mi guitarra pa entretenerte,
mientras rezonga mi mate amargo...
mi mate amargo...!

Canoero viejo, crioyo del pago
que por caminos de marejadas
quebrada el ala de tu sombrero por una brisa
te vas bogando...
Sos tan islero,
sos tan baquiano,
que cuando yegue t´último viaje,
sobre la popa de tu canoa
por los sanjones desconocidos
dormido y todo, canoero viejo
te irás paliando...

Canoero gaucho, tu embarcación,
yeve esta güelta por los sanjones sanjavieleros
una provista del corazón...

Julio Migno
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Si tenés cachorro

En este punto se oyó
suspiro de hembra en la rueda
y a la voz de su patrón
secretiándole las cuerdas:
“Si tenés cachorro,
esperá que crezca
pa' verlo costero,
rumbeador pa' el pago,
mocobí enterito,
y esperá que cambie
su voz pa' que cante:
no hay en todo el mundo pago como el mío,
porque hay esperanzas
en todos sus montes
y cielos estrellas
toldando sus nidos;
porque sus zanjones
cantan cuando lloran,
lloran cuando cantan
sus rezos en indio.
No hay en todo el mundo
Pago como el mío...

Si tene´s cachorro
-Dios te lo conserve-
llevalo a tu río;
tocá su moyera
con agua fresquita
pa' darle bautismo,
y busca dos guenos
cantores del pago
y hacelos padrinos;
que ella sea calandria;
costera orgullosa
con miel en el pico,
y él, zorzal islero
payador matrero
bien sanjavierino.
Si tenés cachorro
-Dios te lo conserve-
llevalo a tu río;
tiralo de panza
por los arenales;
del pelo en las aguas
de golpe sumilo;
tumbalo de oreja
sobre las corrientes
pa' que oiga el canto indio
y hacé que su mano
s' estire a la estrella
y el ojo al lucero saliendo del nido
Si tenés cachorro
-suerte del destino-
que sepa al hermano
mirar con cariño;
que arda en la querencia
como un trafoguero;
que sea aguay altivo
de raíz en las islas
con sombras pa' tuitos;
pa' que cuando vaya
pa' las capitales
no te lo encandile
cualquier lucerito,
pa' que no se tiente
con bailes extraños
quebrando caderas
con el hembrerío.
¡Que aprienda guitarra¡
que lleve pañueloo
de galleta al cuello;
que chamamesée
pegando alaridos;
que sea tape puro
de golpe en la boca,
costero derecho,
mocobí enterito,
de esos que al cacique
de raza dijunta
le alzaron la lanza
quebrando su punta
pa' hacer sus cuchillos.
Que firuletée
con las acordeonas;
que a "latagá" puro
se le queme el pecho;
qu' encienda de noche
su todo escondido
p' hacer un incendio
cada madrugada
y ansí, amanecido,
que se espine a lo hombre,
que suba barrancas
y robe esperanzas
pa' echarlas cantando
sobre el lomo 'el río...
Que fije pacuses;
que popée en el taco
del timbó más gaucho;
que cruce en agnada
por el Veroncito;
que trence un asiento
su mano embrujada;
que robe a l'avispa
l'azuca del pecho
de un ceibo florido,
y que entrampe nutrias
y que chifle polkas
y coma capincho...
Si tenés cachorro,
que la carne 'e potro
le engrase el hocico;
que ase los macases;
que abra por el lomo
los sábalos gordos
alzaos en horquetas
sobre el braserío.
¡Que grite en paisano¡
Que asiente a chiflidos
las garzas ariscas,
que baile con chinas,
que torée milicos,
que a boca cerrada
llame yacareses
y que a bola de uno
les pegue en el "caique"
pa' que panza arriba
boyen en el río...

Si tenés cachorro,
con punta de lanza
marcale la frente;
con ala 'e paloma
y a miel de panales
cruzale la boca
los oídos y el pecho
diciéndole: hijo mío
doblá la rodilla
de frente a tu río;
rezá con tu padre
la oración costera
de los pagos indios;
juro ser un tape
de los de alarido;
juro ser un ceibo
pal manso conmigo;
juro ser arroyo
pa' canoa en apuros,
tigre pal contrario;
zorzal pal amigo,
y entrar a la muerte
como entre a la vida:
de vincha y de lanza,
¡bien sanjavierino!...

Dios te lo conserve
si tenés cachorro,
porque es una suerte
vivir floreciendo...

Julio Migno
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Romance del Indio gringo

El indio tenía una china
celosa a más no poder;
en cuanto había viento norte
no le daba de comer.

Cuando él llegaba a las casas
pa dentrarle al locro guacho,
ya la china se lo había
comido con los muchachos.

De las juntadas del máiz,
de maní y el algodón,
llegaba lustroso el indio
y con plata a discreción.

Se empezaba a entumecer
y flaco de cuerpo y plata,
otra vez cardo y cicuta
por culpa´e la china ingrata.

La china tenía poder
en yuyo y trapo rezao;
el indio jué a verlo al cura
pero no dió resultao.

Le pegó pa la farmacia
y el " botica " muerto´e risa
le dijo: ! lo que le falta
es una güena paliza !

Se le prendió al latagá
y desmaneó la sin hueso,
pero ella, con la conversa
le ganó a medio pescuezo:

" Ya ´tás desgraciao demás,
nos tenés abandonaos;
no tráis un par de alpargatas
ni cortesito jloriao !"
"! No se te puede ni hablar,
´tas demás adotorao !"
..! date con pueglera blanca
con tal que quedés callao ".

El indio tenía una flauta
pa entretención y sosiego:
"! Que tanto tocando´e balde !"
- le dijo - y se la echó al fuego.

De cuatro gurises, uno
salió de pelo dudao;
ganándole ella el tirón
ansí se lo había achacao:
"! Tanto saludar la gringa
me has enrubiao la tropilla !"
( el indio tragó el carozo
duro para ser semilla ).

Cuando la china le dijo:
"! yo no te queriendo máj !"
él se lo contó a la flauta
y la flauta al latagá.
" Tontoyogos ", " sarandises "
y " bravos ", en soledad,
la cáida ´el sol esperaron
pa lanciarlo sin piedad.

Se jué cuando ya la noche
se le hizo negra demás.
Un caminito de sangre
dejó la flauta en su andar,
hasta que un día de tantos
en una juntada ´e máiz,
vido una mazorca rubia
junto a su pecho asomar;
ojos azules llorando
lágrimas de hiel y sal,
boca tajeada en un: "! Pagre !"
y en el medio del maizal,
llenó su bolsa nochera
con sol de felicidad.

Mocoví firme, adelante,
y mocoví rubio, atrás;
en el medio iba la flauta
dele cantar y cantar.

Misterios tiene la sangre
que náides puede explicar.
Gringo se lo dió la vida,
Gringo lo viene a cuartiar.
! Cuasi con la noche encima
le vuelve el sol a brillar !

Miel lechigüana en la flauta
y un mocoví conversar:
"! Patrón… pa dos indios puros,
dos vasos de latagá !"

Julio Migno

Jose Pedroni

Jose Pedroni

La mayoría de sus biografías lo describen como el poeta nacido en Gálvez, provincia de Santa Fe, que a los 19 años, se radicó en Colonia Esperanza y, desde allí, le escribió a su paisaje y a la vida cotidiana, al atardecer, a los campesinos, al amor, al agua y al viento. Según cuentan éstas mismas biografías, editó sus primeros poemas en 1920 y, 5 años más tarde, escribió las estrofas de su obra cumbre: “Gracia plena”. Aunque quienes lo conocieron cercanamente saben que Divina Sed, su primer libro, no era mencionado por el autor por considerarlo lleno de indescifrables sobreentendidos autobiográficos que excluyen al lector.

Físicamente lo describían robusto, no muy alto. En su poemas Piedras se describió a sí mismo como un contador de modales comunes y atuendo simple que cuando mira una estrella o una flor la mira igual que cualquier otro. El Buenos Aires Herald, en oportunidad de publicar una nota en inglés sobre poemas suyos, lo describió short and stocky. Bromeando en una entrevista, Pedroni contaba, “me describen como short and stocky. Gordo y bajito o petiso y morrudo, elija la traducción que más le guste. Menos mal que la gente acá conoce poco el idioma”
Pedroni, usaba activamente la poesía para darle nombre y existencia real al paisaje de su provincia. Rescata de su nada anterior las atmósferas particulares de la llanura santafesina, el caráu con su grito de alma en pena, la garza blanca hierática en una sola pata, el sauce que sangra herido a orillas del Salado, desde la montaña madre hasta la pampa del gringo. Pero su recupero primordial y más valioso fue fijar para siempre en la memoria colectiva los nombres de muchos pequeños héroes suizos, franceses, alemanes e italianos, protagonistas de la colonización agrícola del pago santafesino.

Su lengua era difícil
Sus nombres eran raros.
Los gauchos se murieron
Sin poder pronunciarlos.

José Pedroni creía en Dios y en sus evangelios, en los buenos sentimientos de la gente, en la redención final de los humildes, en su máquina de escribir llamada Mercedes, en su perro Leb, en el sereno de la metalurgia Schneider, en la copa de vino volcada sobre la mesa, creía en todo.

En la Antigüedad, donde aún no existía el lenguaje escrito, la memoria de la especie se trasmitía y se conservaba de boca en boca, de padres a hijos y de abuelos a nietos. El abuelo contaba lo que había ocurrido y lo contaba bien, con mucho énfasis, por haber sido en muchos casos protagonista o por lo menos testigo del episodio narrado. Pero el nieto recibía esa información como algo abstracto y las abstracciones son siempre fáciles de olvidar o confundir. Para esquivar este riesgo apareció la poesía épica y las sagas, Son respuestas pragmáticas a una necesidad importante: narrar las historias del grupo social de una manera que resulte recordable, incorporándoles los mecanismos mnemotécnicos de la medida, la música, la rima.
En sus orígenes la poesía constituía entonces un eficaz sistema de comunicación y memoria capaz de conservar inmutables los recuerdos de la comunidad. En esa etapa no era apenas útil, como hoy, sino que cumplía una función fundamental.

El poeta, en su labor de comunicar la realidad abstraída y filtrada a través de su ser, imagina un destinatario, a veces abstracto otras veces real. Pedroni así lo concebía, “debemos dirigirnos a alguien en especial, porque si conseguimos comunicarnos realmente con esas personas, otros también escucharán y así terminaremos hablando con todos”. En todos los poemas de la colonización gringa el interlocutor elegido por Pedroni fue Aarón Castellanos. Admiraba al tenaz salteño y escribió como para él, informándole sobre cómo había terminado la cosa.

El lector común, advierte que la poesía disponible en forma de libro o suplemento cultural de los diarios multitudinarios le interesa poco, cada vez menos. Poesía sigue consumiendo pero en otra forma. Le llega vía CD cantado por su artista preferido. Curioso: en los primeros años del siglo XXI han dejado de leer poesía para volver a escucharla como en la Antigüedad o la Edad Media, musicalizada y cantada por trovadores.

Muchos son los poemas de Pedroni que cobraron música y lo siguen haciendo, así el contador de modales comunes que alguna vez se imaginó trasformado en viento, sombra o agua hoy es canción.


Piedras

Porque soy contador
Y de vulgares modos
Y visto simplemente
Y si miro una estrella
O una flor,
La miro como todos,
“los versos no son de él –dice la gente-;
se los escribe ella”.
Así es, así es:
Yo soy la inútil hiedra
Enredada a tus pies.
Azules, verdes, rojos,
Tu los versos me das
En cubitos de piedra
De tus ojos.
Yo los armo, no más.


Indio.


Quien ordenó la carga del arado
ordenaba tu muerte el mismo día.
Ella tuvo lugar junto al Salado
con paloma y calandria, a mano fría.

No te valió tu entrega de venado
frente al duro invasor que te temía.
No te valió tu miel de despojado.
Sólo la dulce espiga te quería.

Descendiente de gringo y su pecado,
por cementerio de tu alfarería,
a lo largo del río voy callado.

La culpa de tu muerte es culpa mía.
Indio, dime que soy tu perdonado
por el trigo inocente que nacía.



Entremos


Esta es nuestra casa.
Entremos.
Para ti la hice
como un libro nuevo,
mirando, mirando,
como la hace el hornero,

Tuya es esta puerta;
tuyo este antepecho,
y tuyo este patio
con su limonero.

Tuya esta solana
donde en el invierno
pensará en tus párpados
tu adormecimiento.

Tuyo este emparrado
que al ligero viento
moverá sus sombras
sobre tu silencio.

Tuyo este hogar hondo
que reclama el leño
para alzarte en humo,
para amarte en fuego.

Tuya esta escalera
por la cual, sin término,
subirás mi nombre,
bajaré mis versos.

Y tuya esta alcoba
de callado techo,
donde, siempre novios,
nos encontraremos.

Esta es nuestra casa.
¡Hazme el primer fuego!