Jose Pedroni
La mayoría de sus biografías lo describen como el poeta nacido en Gálvez, provincia de Santa Fe, que a los 19 años, se radicó en Colonia Esperanza y, desde allí, le escribió a su paisaje y a la vida cotidiana, al atardecer, a los campesinos, al amor, al agua y al viento. Según cuentan éstas mismas biografías, editó sus primeros poemas en 1920 y, 5 años más tarde, escribió las estrofas de su obra cumbre: “Gracia plena”. Aunque quienes lo conocieron cercanamente saben que Divina Sed, su primer libro, no era mencionado por el autor por considerarlo lleno de indescifrables sobreentendidos autobiográficos que excluyen al lector.
Físicamente lo describían robusto, no muy alto. En su poemas Piedras se describió a sí mismo como un contador de modales comunes y atuendo simple que cuando mira una estrella o una flor la mira igual que cualquier otro. El Buenos Aires Herald, en oportunidad de publicar una nota en inglés sobre poemas suyos, lo describió short and stocky. Bromeando en una entrevista, Pedroni contaba, “me describen como short and stocky. Gordo y bajito o petiso y morrudo, elija la traducción que más le guste. Menos mal que la gente acá conoce poco el idioma”
Pedroni, usaba activamente la poesía para darle nombre y existencia real al paisaje de su provincia. Rescata de su nada anterior las atmósferas particulares de la llanura santafesina, el caráu con su grito de alma en pena, la garza blanca hierática en una sola pata, el sauce que sangra herido a orillas del Salado, desde la montaña madre hasta la pampa del gringo. Pero su recupero primordial y más valioso fue fijar para siempre en la memoria colectiva los nombres de muchos pequeños héroes suizos, franceses, alemanes e italianos, protagonistas de la colonización agrícola del pago santafesino.
Su lengua era difícil
Sus nombres eran raros.
Los gauchos se murieron
Sin poder pronunciarlos.
José Pedroni creía en Dios y en sus evangelios, en los buenos sentimientos de la gente, en la redención final de los humildes, en su máquina de escribir llamada Mercedes, en su perro Leb, en el sereno de la metalurgia Schneider, en la copa de vino volcada sobre la mesa, creía en todo.
En la Antigüedad, donde aún no existía el lenguaje escrito, la memoria de la especie se trasmitía y se conservaba de boca en boca, de padres a hijos y de abuelos a nietos. El abuelo contaba lo que había ocurrido y lo contaba bien, con mucho énfasis, por haber sido en muchos casos protagonista o por lo menos testigo del episodio narrado. Pero el nieto recibía esa información como algo abstracto y las abstracciones son siempre fáciles de olvidar o confundir. Para esquivar este riesgo apareció la poesía épica y las sagas, Son respuestas pragmáticas a una necesidad importante: narrar las historias del grupo social de una manera que resulte recordable, incorporándoles los mecanismos mnemotécnicos de la medida, la música, la rima.
En sus orígenes la poesía constituía entonces un eficaz sistema de comunicación y memoria capaz de conservar inmutables los recuerdos de la comunidad. En esa etapa no era apenas útil, como hoy, sino que cumplía una función fundamental.
El poeta, en su labor de comunicar la realidad abstraída y filtrada a través de su ser, imagina un destinatario, a veces abstracto otras veces real. Pedroni así lo concebía, “debemos dirigirnos a alguien en especial, porque si conseguimos comunicarnos realmente con esas personas, otros también escucharán y así terminaremos hablando con todos”. En todos los poemas de la colonización gringa el interlocutor elegido por Pedroni fue Aarón Castellanos. Admiraba al tenaz salteño y escribió como para él, informándole sobre cómo había terminado la cosa.
El lector común, advierte que la poesía disponible en forma de libro o suplemento cultural de los diarios multitudinarios le interesa poco, cada vez menos. Poesía sigue consumiendo pero en otra forma. Le llega vía CD cantado por su artista preferido. Curioso: en los primeros años del siglo XXI han dejado de leer poesía para volver a escucharla como en la Antigüedad o la Edad Media, musicalizada y cantada por trovadores.
Muchos son los poemas de Pedroni que cobraron música y lo siguen haciendo, así el contador de modales comunes que alguna vez se imaginó trasformado en viento, sombra o agua hoy es canción.
Piedras
Porque soy contador
Y de vulgares modos
Y visto simplemente
Y si miro una estrella
O una flor,
La miro como todos,
“los versos no son de él –dice la gente-;
se los escribe ella”.
Así es, así es:
Yo soy la inútil hiedra
Enredada a tus pies.
Azules, verdes, rojos,
Tu los versos me das
En cubitos de piedra
De tus ojos.
Yo los armo, no más.
Indio.
Quien ordenó la carga del arado
ordenaba tu muerte el mismo día.
Ella tuvo lugar junto al Salado
con paloma y calandria, a mano fría.
No te valió tu entrega de venado
frente al duro invasor que te temía.
No te valió tu miel de despojado.
Sólo la dulce espiga te quería.
Descendiente de gringo y su pecado,
por cementerio de tu alfarería,
a lo largo del río voy callado.
La culpa de tu muerte es culpa mía.
Indio, dime que soy tu perdonado
por el trigo inocente que nacía.
Entremos
Esta es nuestra casa.
Entremos.
Para ti la hice
como un libro nuevo,
mirando, mirando,
como la hace el hornero,
Tuya es esta puerta;
tuyo este antepecho,
y tuyo este patio
con su limonero.
Tuya esta solana
donde en el invierno
pensará en tus párpados
tu adormecimiento.
Tuyo este emparrado
que al ligero viento
moverá sus sombras
sobre tu silencio.
Tuyo este hogar hondo
que reclama el leño
para alzarte en humo,
para amarte en fuego.
Tuya esta escalera
por la cual, sin término,
subirás mi nombre,
bajaré mis versos.
Y tuya esta alcoba
de callado techo,
donde, siempre novios,
nos encontraremos.
Esta es nuestra casa.
¡Hazme el primer fuego!
jueves, 1 de abril de 2010
Alcides Greca
Alcides Greca
Jurisconsulto y escritor, nació en San Javier, 1889 y murió en Rosario en 1956. Se doctoró en Derecho en la Universidad de La Plata en 1917. Desde 1908 a 1934 participó en la vida política y en las agitaciones populares, dentro de los partidos socialista, primero y radical después. Fundador en San Javier del periódico El Mocoví (1908) y La pura verdad (1912); fundador y director del periódico La Palabra en Santa Fe (1918); redactor del diario La Capital de Rosario y de la Revista de Ciencias Jurídicas y Sociales. Fue también catedrático de Derecho Administrativo en la Facultad de Ciencias Jurídicas de Santa Fe y Vicedecano de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional del Litoral.
Diputado provincial (1912-16); senador (1920-23) y diputado nacional (1926-30). Entre su vastísima obra podemos citar:
Palabras de pelea (1909); Viento Norte (1926); Cuentos del Comité (1931); La pampa gringa (1935); Tras las alambradas de Martín García (1934); Una nueva capital para la Nación Argentina (1950); Tragedia espiritual para los argentinos que hoy tienen veinte años.
Alcides Greca ilustra, de manera casi ejemplar, la actividad de un intelectual formado en el momento histórico que enmarca el ascenso del radicalismo al poder. Ardoroso defensor del programa reivindicatorio enarbolado por Hipólito Yrigoyen, ejerció desde muy joven el periodismo. Filmó también una película “El último malón” en 1917 que reconstruye el levantamiento de la reducción indígena mocoví en San Javier, producido en 1904.
Se le deben también importantes obras jurídicas.
El texto elegido
“Un orador: dos discursos” pertenece al libro Cuentos del Comité. La forma adoptada en la organización del contenido de este libro (notas esporádicas, artículos de estilo y estructura periodística como el elegido, cuentos breves o anécdotas) adquiere unidad en el contexto, pues todos los elementos y partes, apuntan a la crítica de costumbres aunque aparentemente parezcan despojados de valoraciones peyorativas.
Los Cuentos del Comité son la crónica de un momento relevante de la historia santafesina. En efecto, abarcan un período que va desde el año 1914 hasta el año 1930, fecha en que se produce el golpe que puso fin al gobierno constitucional.
“Un orador: dos discursos” resume todas las alternativas de la contienda electoral. Los vaivenes de la política hacen que los candidatos proclamados en un momento como ejemplo de talento y hombría de bien, pasen a ser en otro momento paradigmas de la deshonestidad y la tradición. Evidentemente, al caído del radicalismo y la quiebra del orden institucional provocan en este escritor, de conocida militancia radical, una visión escéptica, y así insinúa su crítica a quienes viciaron la efectividad de esa lucha por encauzar de esa lucha por encauzar democráticamente al país.
UN ORADOR: DOS DISCURSOS*
La campaña electoral culmina con la proclamación de esta formula, expresión insuperable de talento, de civismo y de hombría de bien. Con el binomio Pérez León-Del camino, inscripto al frente de nuestros estandartes, la victoria es una realidad incontrovertible. Pérez León, todo un carácter, probo, rectilíneo en sus inspiraciones y en sus procedimientos, es una garantía para su partido y para la provincia que aclama su nombre. Antonio Del camino, jurista de universal nombradía, lumbrera de la ciencia, será la antorcha que nos conducirá por la ruta amplia y luminosa de los prístinos y humanitarios ideales que sustentamos.
Surge esta fórmula bajo los auspicios del jefe ilustre del partido, el doctor Enrique Hidalgo, que sabe llevar bien alto su apellido por la generosidad que pone en todos los actos de su vida.
Aquí estamos, señores, rodeando la magna fórmula, dispuestos a dar hasta el último aliento para verla posesionada de las insignias del mando, para prez de nuestro partido y gloria de la república.
Seis meses después.
La fórmula de la tradición ha culminado en sus propósitos de descomposición partidaria, arrastrando por el fango el estandarte glorioso que empuñaran con mano digna tantos hombres ilustres del partido.
Aniceto Pérez León es, en verdad, un manso corderillo, que con su falta absoluta de carácter, no se hace otra cosa que rubricar los despropósitos del más deshonesto, del más cínico, del más oscuro y falaz de los caudillos, Enrique Hidalgo, que de todo tiene, menos de los que expresa su apellido. Para que nuestra desventura sea mayor, para que la tradición sea más categórica, el segundo término de la formula, Antonio Del Camino, ese abogadillo de pleitos perdidos, verdadero “ave negra” de Juzgado de Paz, con su torpeza característica, con su absoluta falta de luces, ha sido el camino fácil por donde se han deslizado los delincuentes que han herido de muerte a la alta idealidad partidaria.
No cejaremos, ciudadanos, hasta que no veamos a los componentes de este desgobierno, corrompido y falsario, que soporta nuestra desgraciada provincia, mordiendo el polvo de la derrota, confundidos en el anonimato de la insignificancia, de donde nunca debieron salir para que no mancharan sus nombres las páginas inmaculadas de la historia ilustre de la República
Jurisconsulto y escritor, nació en San Javier, 1889 y murió en Rosario en 1956. Se doctoró en Derecho en la Universidad de La Plata en 1917. Desde 1908 a 1934 participó en la vida política y en las agitaciones populares, dentro de los partidos socialista, primero y radical después. Fundador en San Javier del periódico El Mocoví (1908) y La pura verdad (1912); fundador y director del periódico La Palabra en Santa Fe (1918); redactor del diario La Capital de Rosario y de la Revista de Ciencias Jurídicas y Sociales. Fue también catedrático de Derecho Administrativo en la Facultad de Ciencias Jurídicas de Santa Fe y Vicedecano de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional del Litoral.
Diputado provincial (1912-16); senador (1920-23) y diputado nacional (1926-30). Entre su vastísima obra podemos citar:
Palabras de pelea (1909); Viento Norte (1926); Cuentos del Comité (1931); La pampa gringa (1935); Tras las alambradas de Martín García (1934); Una nueva capital para la Nación Argentina (1950); Tragedia espiritual para los argentinos que hoy tienen veinte años.
Alcides Greca ilustra, de manera casi ejemplar, la actividad de un intelectual formado en el momento histórico que enmarca el ascenso del radicalismo al poder. Ardoroso defensor del programa reivindicatorio enarbolado por Hipólito Yrigoyen, ejerció desde muy joven el periodismo. Filmó también una película “El último malón” en 1917 que reconstruye el levantamiento de la reducción indígena mocoví en San Javier, producido en 1904.
Se le deben también importantes obras jurídicas.
El texto elegido
“Un orador: dos discursos” pertenece al libro Cuentos del Comité. La forma adoptada en la organización del contenido de este libro (notas esporádicas, artículos de estilo y estructura periodística como el elegido, cuentos breves o anécdotas) adquiere unidad en el contexto, pues todos los elementos y partes, apuntan a la crítica de costumbres aunque aparentemente parezcan despojados de valoraciones peyorativas.
Los Cuentos del Comité son la crónica de un momento relevante de la historia santafesina. En efecto, abarcan un período que va desde el año 1914 hasta el año 1930, fecha en que se produce el golpe que puso fin al gobierno constitucional.
“Un orador: dos discursos” resume todas las alternativas de la contienda electoral. Los vaivenes de la política hacen que los candidatos proclamados en un momento como ejemplo de talento y hombría de bien, pasen a ser en otro momento paradigmas de la deshonestidad y la tradición. Evidentemente, al caído del radicalismo y la quiebra del orden institucional provocan en este escritor, de conocida militancia radical, una visión escéptica, y así insinúa su crítica a quienes viciaron la efectividad de esa lucha por encauzar de esa lucha por encauzar democráticamente al país.
UN ORADOR: DOS DISCURSOS*
La campaña electoral culmina con la proclamación de esta formula, expresión insuperable de talento, de civismo y de hombría de bien. Con el binomio Pérez León-Del camino, inscripto al frente de nuestros estandartes, la victoria es una realidad incontrovertible. Pérez León, todo un carácter, probo, rectilíneo en sus inspiraciones y en sus procedimientos, es una garantía para su partido y para la provincia que aclama su nombre. Antonio Del camino, jurista de universal nombradía, lumbrera de la ciencia, será la antorcha que nos conducirá por la ruta amplia y luminosa de los prístinos y humanitarios ideales que sustentamos.
Surge esta fórmula bajo los auspicios del jefe ilustre del partido, el doctor Enrique Hidalgo, que sabe llevar bien alto su apellido por la generosidad que pone en todos los actos de su vida.
Aquí estamos, señores, rodeando la magna fórmula, dispuestos a dar hasta el último aliento para verla posesionada de las insignias del mando, para prez de nuestro partido y gloria de la república.
Seis meses después.
La fórmula de la tradición ha culminado en sus propósitos de descomposición partidaria, arrastrando por el fango el estandarte glorioso que empuñaran con mano digna tantos hombres ilustres del partido.
Aniceto Pérez León es, en verdad, un manso corderillo, que con su falta absoluta de carácter, no se hace otra cosa que rubricar los despropósitos del más deshonesto, del más cínico, del más oscuro y falaz de los caudillos, Enrique Hidalgo, que de todo tiene, menos de los que expresa su apellido. Para que nuestra desventura sea mayor, para que la tradición sea más categórica, el segundo término de la formula, Antonio Del Camino, ese abogadillo de pleitos perdidos, verdadero “ave negra” de Juzgado de Paz, con su torpeza característica, con su absoluta falta de luces, ha sido el camino fácil por donde se han deslizado los delincuentes que han herido de muerte a la alta idealidad partidaria.
No cejaremos, ciudadanos, hasta que no veamos a los componentes de este desgobierno, corrompido y falsario, que soporta nuestra desgraciada provincia, mordiendo el polvo de la derrota, confundidos en el anonimato de la insignificancia, de donde nunca debieron salir para que no mancharan sus nombres las páginas inmaculadas de la historia ilustre de la República
Creencias y Supersticiones
Creencias y Supersticiones
La ilogicidad que suelen presentar las creencias y supersticiones provocan no pocas veces juicios sarcásticos o severos en los observadores. Pero el descubrimiento del trasfondo cultural en que se originan estas interpretaciones populares de gestos, actitudes y hechos, debiera dar lugar a una apreciación más reflexiva y profunda. A lo largo de nuestras ediciones iremos ahondando en los laberintos que llevan a nuestras poblaciones a establecer como ciertas las creencias y supersticiones aquí descriptas, pero por ahora disfrutemos de ellas de manera pura, sin más explicaciones, así como corren libremente de boca en boca de nuestros hermanos. ', '
1) Creencias y supersticiones que se apoyan en la intencionalidad del individuo:
- Colocarse equivocadamente la vestimenta al revés, indica que la persona habrá de recibir un regalo.
- Para que cese la lluvia ha y que dibujar una cruz en el suelo.
- Asomarse un picaflor a la ventana, o el paso de un tero gritando sobre la casa, o lavarse la cara el gato, son anuncios de visitas.
- La planta de gomero que se tiene en la casa aleja el dinero.
- El meñique del cadáver de un niño pequeño, es un buen amuleto para los jugadores. (Muy al norte de la provincia, cuando un jugador se hace presente en el velatorio de un niño, sus deudos se aproximan al ataúd para vigilar).
- Cuando un caballo se revuelca no se debe pisar las marcas dejadas en el suelo, porque trae mala suerte a quien lo hace.
- Para alejar al demonio en las noches de tormenta hay que colocar las alpargatas apoyadas sobre sus puntas.
- Cuando hay granizo se debe quemar una hoja de olivo.
- No se casará la persona a quien, al barrer, le pasaron la escoba sobre los pies.
- El chistido de una lechuza sobre una casa anuncia muerte próxima.
- Contar los acompañantes de un entierro trae mala suerte.
- El 1 de agosto se debe tomar caña con ruda para alejar las enfermedades.
- Una planta de ruda cultivada en la entrada de una casa provoca buena suerte.
- Un gato negro cruzado en el camino trae mala suerte.
- Barrer por la noche acorta la vida de la madre de quien barre.
- Cuando alguien encuentra maíz desparramado en su camino, debe recoger siete granos para tener buena suerte.
- Cuando se aproxima una tormenta se debe clavar el hacha en la tierra para “cortarla”.
- Para alejar los calambres hay que depositar un corcho sobre la mesa de luz.
- Cuando se siente escozor en la palma de la mano, se debe mantener cerrada y sin rascarse, porque es un anuncio de dinero por recibir.
- Para que las visitas no agradables se retiren de la casa se debe colocar una escoba detrás de la puerta.
- Son anuncios de lluvia:
Los perros y caballos cuando se revuelcan con las patas para arriba.
Las hormigas bravas abandonando su hormiguero.
Las nubes en forma de vellones.
Las ropas tendidas que se secan rápidamente.
Las perdices silbando en forma continuada.
El loro que habla demasiado.
El sol que se oculta detrás de nubes en el ocaso.
Los grillos ranas cantando demasiado.
Dolores en las piernas.
Dolores de cabeza.
Dolores de muela
También el curandero suele tomar un sapo y frotar la mejilla del paciente con el vientre del animal, y salivar luego sobre su boca. EL curandero arroja el sapo a sus espaldas sin volver la mirada, creyéndose que quien llega a tocar ese sapo sufrirá el dolor de muelas.
Verrugas: El curandero puede obrar de muy distintas maneras:
- Hacer nudos en un hilo que sostiene sobre las verrugas del paciente, uno por cada una, al par que dice sus oraciones. Conserva el hilo, desapareciendo el tiempo las verrugas.
- Mientra pronuncia oraciones, clava en las verrugas y en distintas direcciones, espinas de un arbusto silvestre llamado “tutía”. Las verrugas acaban por secarse y desaparecer.
- El curandero recibe el nombre del paciente y le envía un papel colorado, sobre el que éste debe anotar el número de verrugas que tiene, en una noche de luna nueva. Luego, conservar el papel en un sitio oscuro y no prestar atención a las verrugas hasta la próxima formación de luna nueva, en que ya está curado.
- El paciente cuenta sus verrugas y el curandero corta un hilo en tantos pedazos como verrugas, mientras pronuncia oraciones. Luego entierra los pedazos de hilo, sin desenterrarlos jamás. Cuando se pudran en la tierra, se habrán terminado las verrugas del paciente.
- El curandero da tres vueltas en torno del paciente, mientras quiebra con sus manos unos palitos y dice sus oraciones. Se marcha luego sin saludar al tratado. Al cabo de algunos días las verrugas se desprenden y caen.
Orzuelo: El curandero enhebra una aguja y la pasa por el lugar afectado, rozándolo. Se quita luego el hilo y se lo arroja en un sitio que sólo conoce el curandero. También suele curar pasando sobre el orzuelo un anillo de oro que ha frotado previamente con fuerza sobre una franela.
Resfríos de sol: El curandero aconseja introducir la cabeza del paciente, hasta la nuca en un recipiente donde beban agua los caballos y dejen su baba, durante tres días consecutivos, una vez por día.
Parásitos: El curandero suele pronunciar en secreto algunas oraciones y luego recetar al paciente beber infusiones de cáscara del árbol denominado curupí o del llamado alcanfor. A veces recomienda la ingestión de semillas de zapallo oreadas, con miel de abejas.
Afección de nervios y tendones: Para curar los dolores intensos que causan los nervios y tendones “desgarrados” o “sacado”, el curandero arroja a un vaso de agua ocho granos de maíz. Los que flotan en la superficie indican la cantidad de nervios o tendones afectados. Luego efectúa cruces con las manos sobre el agua del vaso y dice oraciones, operación que se repite durante tres días consecutivos.
Se destaca que este tipo de tratamiento –como asimismo aquellos donde las afecciones son óseas- algunas personas hacen manipulación de las zonas afectadas. Se denominan generalmente “hueseros” o “güeseros”.
La ilogicidad que suelen presentar las creencias y supersticiones provocan no pocas veces juicios sarcásticos o severos en los observadores. Pero el descubrimiento del trasfondo cultural en que se originan estas interpretaciones populares de gestos, actitudes y hechos, debiera dar lugar a una apreciación más reflexiva y profunda. A lo largo de nuestras ediciones iremos ahondando en los laberintos que llevan a nuestras poblaciones a establecer como ciertas las creencias y supersticiones aquí descriptas, pero por ahora disfrutemos de ellas de manera pura, sin más explicaciones, así como corren libremente de boca en boca de nuestros hermanos. ', '
1) Creencias y supersticiones que se apoyan en la intencionalidad del individuo:
- Colocarse equivocadamente la vestimenta al revés, indica que la persona habrá de recibir un regalo.
- Para que cese la lluvia ha y que dibujar una cruz en el suelo.
- Asomarse un picaflor a la ventana, o el paso de un tero gritando sobre la casa, o lavarse la cara el gato, son anuncios de visitas.
- La planta de gomero que se tiene en la casa aleja el dinero.
- El meñique del cadáver de un niño pequeño, es un buen amuleto para los jugadores. (Muy al norte de la provincia, cuando un jugador se hace presente en el velatorio de un niño, sus deudos se aproximan al ataúd para vigilar).
- Cuando un caballo se revuelca no se debe pisar las marcas dejadas en el suelo, porque trae mala suerte a quien lo hace.
- Para alejar al demonio en las noches de tormenta hay que colocar las alpargatas apoyadas sobre sus puntas.
- Cuando hay granizo se debe quemar una hoja de olivo.
- No se casará la persona a quien, al barrer, le pasaron la escoba sobre los pies.
- El chistido de una lechuza sobre una casa anuncia muerte próxima.
- Contar los acompañantes de un entierro trae mala suerte.
- El 1 de agosto se debe tomar caña con ruda para alejar las enfermedades.
- Una planta de ruda cultivada en la entrada de una casa provoca buena suerte.
- Un gato negro cruzado en el camino trae mala suerte.
- Barrer por la noche acorta la vida de la madre de quien barre.
- Cuando alguien encuentra maíz desparramado en su camino, debe recoger siete granos para tener buena suerte.
- Cuando se aproxima una tormenta se debe clavar el hacha en la tierra para “cortarla”.
- Para alejar los calambres hay que depositar un corcho sobre la mesa de luz.
- Cuando se siente escozor en la palma de la mano, se debe mantener cerrada y sin rascarse, porque es un anuncio de dinero por recibir.
- Para que las visitas no agradables se retiren de la casa se debe colocar una escoba detrás de la puerta.
- Son anuncios de lluvia:
Los perros y caballos cuando se revuelcan con las patas para arriba.
Las hormigas bravas abandonando su hormiguero.
Las nubes en forma de vellones.
Las ropas tendidas que se secan rápidamente.
Las perdices silbando en forma continuada.
El loro que habla demasiado.
El sol que se oculta detrás de nubes en el ocaso.
Los grillos ranas cantando demasiado.
Dolores en las piernas.
Dolores de cabeza.
Dolores de muela
También el curandero suele tomar un sapo y frotar la mejilla del paciente con el vientre del animal, y salivar luego sobre su boca. EL curandero arroja el sapo a sus espaldas sin volver la mirada, creyéndose que quien llega a tocar ese sapo sufrirá el dolor de muelas.
Verrugas: El curandero puede obrar de muy distintas maneras:
- Hacer nudos en un hilo que sostiene sobre las verrugas del paciente, uno por cada una, al par que dice sus oraciones. Conserva el hilo, desapareciendo el tiempo las verrugas.
- Mientra pronuncia oraciones, clava en las verrugas y en distintas direcciones, espinas de un arbusto silvestre llamado “tutía”. Las verrugas acaban por secarse y desaparecer.
- El curandero recibe el nombre del paciente y le envía un papel colorado, sobre el que éste debe anotar el número de verrugas que tiene, en una noche de luna nueva. Luego, conservar el papel en un sitio oscuro y no prestar atención a las verrugas hasta la próxima formación de luna nueva, en que ya está curado.
- El paciente cuenta sus verrugas y el curandero corta un hilo en tantos pedazos como verrugas, mientras pronuncia oraciones. Luego entierra los pedazos de hilo, sin desenterrarlos jamás. Cuando se pudran en la tierra, se habrán terminado las verrugas del paciente.
- El curandero da tres vueltas en torno del paciente, mientras quiebra con sus manos unos palitos y dice sus oraciones. Se marcha luego sin saludar al tratado. Al cabo de algunos días las verrugas se desprenden y caen.
Orzuelo: El curandero enhebra una aguja y la pasa por el lugar afectado, rozándolo. Se quita luego el hilo y se lo arroja en un sitio que sólo conoce el curandero. También suele curar pasando sobre el orzuelo un anillo de oro que ha frotado previamente con fuerza sobre una franela.
Resfríos de sol: El curandero aconseja introducir la cabeza del paciente, hasta la nuca en un recipiente donde beban agua los caballos y dejen su baba, durante tres días consecutivos, una vez por día.
Parásitos: El curandero suele pronunciar en secreto algunas oraciones y luego recetar al paciente beber infusiones de cáscara del árbol denominado curupí o del llamado alcanfor. A veces recomienda la ingestión de semillas de zapallo oreadas, con miel de abejas.
Afección de nervios y tendones: Para curar los dolores intensos que causan los nervios y tendones “desgarrados” o “sacado”, el curandero arroja a un vaso de agua ocho granos de maíz. Los que flotan en la superficie indican la cantidad de nervios o tendones afectados. Luego efectúa cruces con las manos sobre el agua del vaso y dice oraciones, operación que se repite durante tres días consecutivos.
Se destaca que este tipo de tratamiento –como asimismo aquellos donde las afecciones son óseas- algunas personas hacen manipulación de las zonas afectadas. Se denominan generalmente “hueseros” o “güeseros”.
Eduardo Pesante
Eduardo Pesante
Presentación del autor
“Nací en Santa Fe en 1932. Desde niño fui un aficionado a la lectura y ya nunca abandoné esta pasión. Empecé a escribir en la adolescencia, especialmente cuentos policiales y de aventuras.
Al comienzo de mi carrera literaria me dediqué al teatro (1961) (Sitiados-Obando) abordando el tema histórico, que es una de mis mayores fuentes de inspiración, pero el poco éxito obtenido y mis sentido autocrítico me hicieron abandonar para siempre ese género.
Creo que es el cuento donde encuentro mi mayor realización.
He publicado Criaturas de Guerra (1964) que obtuvo el Premio Bienal de la ASDE en 1965: El soberbio capitán (1968); Pájaros en la niebla, (Premio Municipal en 1970 y Provincial en Narrativa en 1971); Concierto para la mano izquierda (1973); El día que no amaneció (1975); Crónicas de lo mágico cotidiano (1971); Los irracionales preparan el golpe (1980) y Algo sucede en Cuadernos de la Gaceta Literaria de Santa Fe (1984).
La temática que más me atrae es la del transcurrir inexorable del tiempo y la he abordado en muchas obras.
Por otra parte, me interesa el humor. La vida es trágica, pero debemos tomarla lo mejor posible y a ello ayuda el humor”.
El texto elegido
La temática que más atrae a Pesante, según propia confesión es la del transcurrir inexorable del tiempo. En este cuento parece haberse llegado a un punto en que el tiempo se agotó y comenzó a retroceder, como si alguien fuera pasando una película desde el final hasta el principio. Los personajes por un extraño cataclismo han retrocedido en el tiempo hasta llegar a la Era Cuaternaria y un gliptodonte los acecha fuera de una cueva. Al presentarnos subvertidos los hechos y las personas, en una caótica alternación del tiempo, el mundo de los sueños parece el más real y el mundo real se transforma en fantástico. Y en este punto aparece la clave del título Muerte conjetural de J.L.B. Porque no es sólo la palabra “conjetural” la que más nos acerca a la adivinación de las siglas, sino esa idéntica visión del tiempo cíclico y de la realidad y el sueño que tiene Jorge Luís Borges.
Por otra parte esa transposición del tiempo corresponde a un cambio interior que lleva al hombre a la pérdida de la propia identidad.
El relato está estructurado en forma de diálogo, lo que hace más ágil la narración y acelera el ritmo.
Un análisis detenido de la obra de E. Pesante nos aporta su visión del mundo y de los seres que habitan. la vida de la ciudad (se define como escritor de temas urbanos) muestra el egoísmo de los seres humanos, la incomunicación, el hastío, la indiferencia y finalmente la gran soledad del hombre frente a su destino, y la literatura fantástica ofrece un campo propicio a la evasión y a la crítica.
MUERTE CONJETURAL DE J.L.B.*
-Creo que fue allá en 1970 que en Buenos Aires se derrumbaron algunos edificios de varios pisos. Supongo que el ruido que produjeron al caer esas torres de hierro, cristal y cemento, se parecería al bramar de ese monstruo que anda por ahí.
-Yo era militar por entonces, y estaba en actividad. Se habló de dolo, de error de cálculos, de excesiva vejez, según los casos y los intereses en juego. Quizás lo que hizo que la gente olvidara pronto fue que no hubo víctimas.
-Sí, cuando no muere nadie, los delitos y los errores se hacen menos graves. Tenemos los humanos un singular aprecio por nuestras vidas.
-o teníamos, diga mejor. La situación ha cambiado.
-Todo lo que abunda pierde valor. La muerte de un hombre, de diez hombres, impresiona, porque es fácil individualizarlo y retener sus nombres. Pero cunado los muertos son mil o diez mil, la cosa cambia.
-Después la propaganda política, en esos casos, se encarga de sacarnos del error.
-Para meternos en otro. Pero esta vez se me ocurre que no habrá después.
-¿Cree usted realmente que esto s el fin?
-Por lo menos el fin de una era. Justamente cuando creíamos conquistar el espacio, luego de pisar la Luna. Hasta es irónico.
-Y no ha sido una guerra nuclear.
-Nadie sabe qué ha sido. Lo cierto es que hoy (ni siquiera sabemos el día que es), vos y yo estamos escondidos en esta cueva, supongo que no lejos de lo que fue Buenos Aires, dialogando como no lo hicimos en los tiempos de la Facultad.
-Del Colegio Nacional. Yo era un muchachito entonces, y no me atrevía a dirigirle la palabra.
-No creo haber sido un ogro como profesor.
-Yo tuve la culpa. O mi timidez.
-Pero te hiciste militar.
-Por eso mismo. Y hasta llegué a ser jefe de policía.
-Y tu historia es tan extraña como un cuento.
-Me sentiría feliz de que usted lo escribiera.
-Si esa bestia resoplante no nos aniquila, te prometo dictártelo, o contártelo. Será realmente una situación original, inédita. Me hubiese gustado que Adolfo estuviera vivo para sorprenderlo.
-¿Cómo fue que murió?
-Lo mató la Mazorca.
-Es asombroso todo lo que ha pasado.
-La crisis del petróleo se dio pocos años después del derrumbe de los edificios.
-Se habló de una rebelión del Tercer Mundo, de una conjura de los jeques árabes, de la influencia del Kremlin en procura de la destrucción de Occidente. Nada más que patrañas. Fue un anuncio. Cuando no hubo más petróleo, estaban muy adelantados otros métodos para obtener energía. Pero también resultaron inútiles.
-La guerra contra el Brasil no llegó a ser declarada, aunque se estuvo muy cerca, cuando el Paraná quedó convertido en un lodazal.
-Y los malones llegaron a atacar e incendiar Puerto Belgrano. Eran indios de a caballo, con lanzas y boleadoras.
-Lo más notable ocurrió, sin embargo, en el interior del hombre. Para negar los dogmas, se creaban nuevos dogmas; se decía estar en contra de los mitos, y se inventaban mitos para reemplazar a los que se rechazaba. La gente religiosa se volvía incrédula; y los ateos descubrían, así, de pronto, a Dios.
-Retornaron las pestes de la Edad Media, las grandes hambrunas. Los genocidios de la época moderna pasaron a ser un recuerdo sin importancia; un pecado venial de la humanidad.
-El monstruo sigue resoplando. Parece que husmeara, que cada vez estuviera más cerca de la boca de nuestra caverna.
-Yo vigilo constantemente, Maestro. El garrote y la lanza han reemplazado a la metralleta y la granada.
-No quisiera sufrir la afrenta de una muerte dolorosa.
-Yo lo defenderé.
-Me temo que sean inútiles sus esfuerzos tus esfuerzos, Recaredo.
-No me negará usted que la lucha contra la bestia tiene algo de épico.
-Yo, sin ánimo de ofenderte, la calificaría de otra manera.
-Parece que se aleja el gliptodonte. Porque en estas tierras del Plata, si Ameghino no se equivocó, un monstruo del cuaternario no puede ser otra cosa que un gliptodonte.
-¡Ya en el cuaternario! Es evidente que ha pasado el tiempo mucho más rápido de lo que jamás hubiéramos imaginado.
-¡Qué ridículas, en verdad, aparecen las investigaciones que coordinar con los servicios internos de seguridad e inteligencia, las conexiones ultra secretas con el exterior! Usted y todos los novelistas y cuentistas del mundo juntos no serían capaces de imaginar las innumerables pistas que seguimos. Todas falsas, según lo comprobé luego. Pero los grandes jefes, los Ministros, los Presidentes, los Comisarios Supremos exigían.
-La tontería entre los seres simples mueve la risa, pero cuando se encuentra ciertamente da pavor.
-Asistí consternado al resquebrajamiento de las carreteras y a la destrucción de las vía férreas. No fueron necesarios terremotos ni inundaciones; tampoco soles caldeantes ni fríos extremos. Nuestro razonamiento de seres humanos se esforzaba por encontrar el motivo, la causa del mal.
-El delirio colectivo trataba de justificar los hechos creando visiones.
-Yo alcancé a ver en la televisión en colores, en forma directa, por vía satélite, al mismísimo Napoleón Bonaparte. Sospeché que fuera un actor, pero tengo la impresión de que se trataba del auténtico Gran Corso.
-Que sucumbió en Waterloo, al igual que mis admirados héroes nórdicos tuvieron también su derrota, tal cual estaba escrito.
-Me pregunto si ha sido en verdad un retroceso.
-También yo me lo pregunto. Siempre tuve dudas sobre el curso lineal del tiempo. Igualmente cerca de qué es la realidad. Donde comienza el sueño, hasta donde lo imaginado se diferencia de lo real.
-El monstruo nos siente. Es algo más que oír, que olfatear. O algo menos quizás. Pero nos siente. Ha descubierto nuestra presencia en esta minúscula cueva. ¿No advierte usted un olor acre y fétido?
-Sí. Se parece al olor que3 debe tener el Infierno.
-Estoy preparado para la lucha. El garrote y la lanza están al alcance de mi mano.
-Me temo sean inútiles.
-eso poco importa. Usted no puede verlo, pero en este momento una de las garras del gliptodonte se introduce por la boca de la cueva. Ya sentirá el Maldito mi alfilerazo.
-Se irritará, se pondrá furioso, ya verás. Y pensar que me pasé la vida imaginando, conjeturando. Ahora asistiré a un hecho real. Poca es la diferencia, te lo aseguro. Pero me gusta. Aunque tengo ciertas dudas, creo que esto sacudirá mi fatiga.
Presentación del autor
“Nací en Santa Fe en 1932. Desde niño fui un aficionado a la lectura y ya nunca abandoné esta pasión. Empecé a escribir en la adolescencia, especialmente cuentos policiales y de aventuras.
Al comienzo de mi carrera literaria me dediqué al teatro (1961) (Sitiados-Obando) abordando el tema histórico, que es una de mis mayores fuentes de inspiración, pero el poco éxito obtenido y mis sentido autocrítico me hicieron abandonar para siempre ese género.
Creo que es el cuento donde encuentro mi mayor realización.
He publicado Criaturas de Guerra (1964) que obtuvo el Premio Bienal de la ASDE en 1965: El soberbio capitán (1968); Pájaros en la niebla, (Premio Municipal en 1970 y Provincial en Narrativa en 1971); Concierto para la mano izquierda (1973); El día que no amaneció (1975); Crónicas de lo mágico cotidiano (1971); Los irracionales preparan el golpe (1980) y Algo sucede en Cuadernos de la Gaceta Literaria de Santa Fe (1984).
La temática que más me atrae es la del transcurrir inexorable del tiempo y la he abordado en muchas obras.
Por otra parte, me interesa el humor. La vida es trágica, pero debemos tomarla lo mejor posible y a ello ayuda el humor”.
El texto elegido
La temática que más atrae a Pesante, según propia confesión es la del transcurrir inexorable del tiempo. En este cuento parece haberse llegado a un punto en que el tiempo se agotó y comenzó a retroceder, como si alguien fuera pasando una película desde el final hasta el principio. Los personajes por un extraño cataclismo han retrocedido en el tiempo hasta llegar a la Era Cuaternaria y un gliptodonte los acecha fuera de una cueva. Al presentarnos subvertidos los hechos y las personas, en una caótica alternación del tiempo, el mundo de los sueños parece el más real y el mundo real se transforma en fantástico. Y en este punto aparece la clave del título Muerte conjetural de J.L.B. Porque no es sólo la palabra “conjetural” la que más nos acerca a la adivinación de las siglas, sino esa idéntica visión del tiempo cíclico y de la realidad y el sueño que tiene Jorge Luís Borges.
Por otra parte esa transposición del tiempo corresponde a un cambio interior que lleva al hombre a la pérdida de la propia identidad.
El relato está estructurado en forma de diálogo, lo que hace más ágil la narración y acelera el ritmo.
Un análisis detenido de la obra de E. Pesante nos aporta su visión del mundo y de los seres que habitan. la vida de la ciudad (se define como escritor de temas urbanos) muestra el egoísmo de los seres humanos, la incomunicación, el hastío, la indiferencia y finalmente la gran soledad del hombre frente a su destino, y la literatura fantástica ofrece un campo propicio a la evasión y a la crítica.
MUERTE CONJETURAL DE J.L.B.*
-Creo que fue allá en 1970 que en Buenos Aires se derrumbaron algunos edificios de varios pisos. Supongo que el ruido que produjeron al caer esas torres de hierro, cristal y cemento, se parecería al bramar de ese monstruo que anda por ahí.
-Yo era militar por entonces, y estaba en actividad. Se habló de dolo, de error de cálculos, de excesiva vejez, según los casos y los intereses en juego. Quizás lo que hizo que la gente olvidara pronto fue que no hubo víctimas.
-Sí, cuando no muere nadie, los delitos y los errores se hacen menos graves. Tenemos los humanos un singular aprecio por nuestras vidas.
-o teníamos, diga mejor. La situación ha cambiado.
-Todo lo que abunda pierde valor. La muerte de un hombre, de diez hombres, impresiona, porque es fácil individualizarlo y retener sus nombres. Pero cunado los muertos son mil o diez mil, la cosa cambia.
-Después la propaganda política, en esos casos, se encarga de sacarnos del error.
-Para meternos en otro. Pero esta vez se me ocurre que no habrá después.
-¿Cree usted realmente que esto s el fin?
-Por lo menos el fin de una era. Justamente cuando creíamos conquistar el espacio, luego de pisar la Luna. Hasta es irónico.
-Y no ha sido una guerra nuclear.
-Nadie sabe qué ha sido. Lo cierto es que hoy (ni siquiera sabemos el día que es), vos y yo estamos escondidos en esta cueva, supongo que no lejos de lo que fue Buenos Aires, dialogando como no lo hicimos en los tiempos de la Facultad.
-Del Colegio Nacional. Yo era un muchachito entonces, y no me atrevía a dirigirle la palabra.
-No creo haber sido un ogro como profesor.
-Yo tuve la culpa. O mi timidez.
-Pero te hiciste militar.
-Por eso mismo. Y hasta llegué a ser jefe de policía.
-Y tu historia es tan extraña como un cuento.
-Me sentiría feliz de que usted lo escribiera.
-Si esa bestia resoplante no nos aniquila, te prometo dictártelo, o contártelo. Será realmente una situación original, inédita. Me hubiese gustado que Adolfo estuviera vivo para sorprenderlo.
-¿Cómo fue que murió?
-Lo mató la Mazorca.
-Es asombroso todo lo que ha pasado.
-La crisis del petróleo se dio pocos años después del derrumbe de los edificios.
-Se habló de una rebelión del Tercer Mundo, de una conjura de los jeques árabes, de la influencia del Kremlin en procura de la destrucción de Occidente. Nada más que patrañas. Fue un anuncio. Cuando no hubo más petróleo, estaban muy adelantados otros métodos para obtener energía. Pero también resultaron inútiles.
-La guerra contra el Brasil no llegó a ser declarada, aunque se estuvo muy cerca, cuando el Paraná quedó convertido en un lodazal.
-Y los malones llegaron a atacar e incendiar Puerto Belgrano. Eran indios de a caballo, con lanzas y boleadoras.
-Lo más notable ocurrió, sin embargo, en el interior del hombre. Para negar los dogmas, se creaban nuevos dogmas; se decía estar en contra de los mitos, y se inventaban mitos para reemplazar a los que se rechazaba. La gente religiosa se volvía incrédula; y los ateos descubrían, así, de pronto, a Dios.
-Retornaron las pestes de la Edad Media, las grandes hambrunas. Los genocidios de la época moderna pasaron a ser un recuerdo sin importancia; un pecado venial de la humanidad.
-El monstruo sigue resoplando. Parece que husmeara, que cada vez estuviera más cerca de la boca de nuestra caverna.
-Yo vigilo constantemente, Maestro. El garrote y la lanza han reemplazado a la metralleta y la granada.
-No quisiera sufrir la afrenta de una muerte dolorosa.
-Yo lo defenderé.
-Me temo que sean inútiles sus esfuerzos tus esfuerzos, Recaredo.
-No me negará usted que la lucha contra la bestia tiene algo de épico.
-Yo, sin ánimo de ofenderte, la calificaría de otra manera.
-Parece que se aleja el gliptodonte. Porque en estas tierras del Plata, si Ameghino no se equivocó, un monstruo del cuaternario no puede ser otra cosa que un gliptodonte.
-¡Ya en el cuaternario! Es evidente que ha pasado el tiempo mucho más rápido de lo que jamás hubiéramos imaginado.
-¡Qué ridículas, en verdad, aparecen las investigaciones que coordinar con los servicios internos de seguridad e inteligencia, las conexiones ultra secretas con el exterior! Usted y todos los novelistas y cuentistas del mundo juntos no serían capaces de imaginar las innumerables pistas que seguimos. Todas falsas, según lo comprobé luego. Pero los grandes jefes, los Ministros, los Presidentes, los Comisarios Supremos exigían.
-La tontería entre los seres simples mueve la risa, pero cuando se encuentra ciertamente da pavor.
-Asistí consternado al resquebrajamiento de las carreteras y a la destrucción de las vía férreas. No fueron necesarios terremotos ni inundaciones; tampoco soles caldeantes ni fríos extremos. Nuestro razonamiento de seres humanos se esforzaba por encontrar el motivo, la causa del mal.
-El delirio colectivo trataba de justificar los hechos creando visiones.
-Yo alcancé a ver en la televisión en colores, en forma directa, por vía satélite, al mismísimo Napoleón Bonaparte. Sospeché que fuera un actor, pero tengo la impresión de que se trataba del auténtico Gran Corso.
-Que sucumbió en Waterloo, al igual que mis admirados héroes nórdicos tuvieron también su derrota, tal cual estaba escrito.
-Me pregunto si ha sido en verdad un retroceso.
-También yo me lo pregunto. Siempre tuve dudas sobre el curso lineal del tiempo. Igualmente cerca de qué es la realidad. Donde comienza el sueño, hasta donde lo imaginado se diferencia de lo real.
-El monstruo nos siente. Es algo más que oír, que olfatear. O algo menos quizás. Pero nos siente. Ha descubierto nuestra presencia en esta minúscula cueva. ¿No advierte usted un olor acre y fétido?
-Sí. Se parece al olor que3 debe tener el Infierno.
-Estoy preparado para la lucha. El garrote y la lanza están al alcance de mi mano.
-Me temo sean inútiles.
-eso poco importa. Usted no puede verlo, pero en este momento una de las garras del gliptodonte se introduce por la boca de la cueva. Ya sentirá el Maldito mi alfilerazo.
-Se irritará, se pondrá furioso, ya verás. Y pensar que me pasé la vida imaginando, conjeturando. Ahora asistiré a un hecho real. Poca es la diferencia, te lo aseguro. Pero me gusta. Aunque tengo ciertas dudas, creo que esto sacudirá mi fatiga.
Jose Saer
Jose Saer
Juan José Saer nació en Serodino, en 1937. Se trasladó a Santa Fe y finalmente emigró a Francia.
Se lo puede ubicar en la llamada “generación de los 60”, porque en esa época comienza a publicar, junto a otros escritores como Abelardo Castillo, Manuel Puig.
Dentro de la literatura del litoral lo podemos asociar por la época generacional con Vittori, Mandón y Vinacua.
Su primera obra es un libro de poemas: El arte de narrar (1954). Luego aparecen sus libros de cuentos y “novelas cortas”: En la zona (1957-1960); Responso (1964); Palo y hueso; (1965); Unidad de lugar (1967); La vuelta completa (1967); Cicatrices (1969); El limonero real (Barcelona, 1974) y La mayor (1976).
Ha incursionado en el cine y su obra más conocida es Palo y hueso (1968).
EL TEXTO ELEGIDO
E. Pesante en su obra El cuento literario de Santa Fe incluye a Saer en la segunda promoción del grupo Adverbio que presenta las siguientes características: influencia del escritor W. Faulkner; el inconformismo; la actitud crítica, la experimentación del lenguaje, la elección del habitante de las islas del Paraná Medio como protagonista y la emigración (hacia otras ciudades del país o el exterior).
En esta y en casi la generalidad de la obra de J.J. Saer son constantes las referencias al ámbito santafesino, su ciudad, la costa, el río, la isla aunque estas señales no deben pensarse como simple descripción realista sino como una excusa para trasformar, a través del proceso lingüístico, el texto literario, dándole un nuevo sentido a la lectura.
El escritor busca “lectores sin ilusión” que, de tanto leer narraciones realistas que le cuentan una historia del principio al fin como si sus actuaciones poseyeran las leyes del recuerdo y de la existencia, aspirasen a un poco más de realidad.
Pero esa realidad a que apunta Saer se sustenta en la visión detallista y microscópica de los objetos, los hechos y los seres cotidianos, en un entorno geográfico bien definido y dentro de una trama argumental que, como en este caso, relata los aspectos más simple de la vida:
Dos muchachos deciden dejar un mensaje para las generaciones futuras. Introducen un papel con la palabra MENSAJE en una botella y la entierran en la isla. Hasta aquí la anécdota.
La descripción minuciosa de movimientos y fenómenos naturales o artificiales desde distintos ángulos o diferentes momentos retarda la acción para dar preeminencia al procedimiento de elaboración del lenguaje. La realidad se presenta desde el plano de la percepción.
“El sol está blanco, árido, y sus rayos perforaban la fronda de por sí porosa y abierta de los sauces llorones y proyectaban manchas de luz sobre el agua. Dejaron la canoa a la sombra –la canoa recibió las manchas de luz en el fondo- y se internaron en la isla con la pala y al bolsa de lona”.
En las consideraciones finales de Tomatis, personaje algo autobiográfico que aparece en muchas de sus obras, el autor muestra una visión negativa y nihilista. Todas las posibilidades que plantea con respecto al destino de ese mensaje dan un mínimo resultado: la incomunicación con los otros, y lo que es peor, la nada del infinito, cundo, borrada ya la raza de los hombres “la botella continuase perpetuamente enterrada en el interior de un planeta vacío, reseco, girando en el espacio negro”.
No obstante, la muerte sigue siendo el dilema más difícil de aceptar para el género humano y la vida de aprehensión de ese destino común la recorre Saer mediante el laborioso trabajo de dar al lenguaje una nueva, o quizá primigenia dimensión.
EL LA COSTA RESECA
Al día siguiente de rendir el examen de geometría, Tomatis consiguió que el padre le renovara el carnet de socio del club Regatas, así que pasó casi toda la tarde en la secretaría del club haciendo los trámites de la renovación. Mientras esperaba el carnet nuevo, sentado en la salita de la secretaría, concibió el plan del mensaje y cuando le entregaron el carnet pasó por el bar y llamó a Barco por teléfono. Barco estuvo de acuerdo con la idea. Dijo que él tenía lacre –porque había que lacrar el pico de la botella- y que era necesario reunirse esa misma noche para discutir el contenido del mensaje. Así que a eso de las nueve, cuando acababa de oscurecer, Tomatis oyó desde su cuarto la voz de Barco que hablaba con su padre en la cocina, y después sus pasos subiendo por la escalera hacia la terraza. La ventana de la pieza estaba abierta y después de entrar sin saludar barco dijo algo sobre el cielo estrellado cuando se asomó por ella. Se desabrochó dos botones de la camisa y empezó a sacudírsela a la altura del pecho para secarse el sudor. Tomatis le gritó a su madre desde la ventana que le preparara una sangría, porque en su casa había inclinación a darle todos los gustos desde el día anterior, en que con su examen de geometría había terminado su bachillerato. Mientras esperaban la sangría Barco le ayudó a colgar en la pared amarillenta, sobre el sofá cama, al costado de la biblioteca, la reproducción del “Campo de trigo de los cuervos” que Tomatis había hecho enmarcar esa mañana en un taller de cuadros.
Discutieron el texto del mensaje durante más de dos horas, tomando la sangría que Barco revolvía con una cuchara para que el azúcar no se asentara el fondo y el hielo que tintineaba en el interior de la jarra helada se hundiera más rápido. La idea de que el texto debía escribirse en verso, propuesta por Tomatis, fue descartada inmediatamente. 2Pueden llegar a creer que hablábamos así”, objetó Barco. Enseguida comenzaron a barajar posibilidades: un reseña de la historia de la ciudad, o bien un catálogo de los inventos de la época, o mejor todavía una síntesis biográfica de Carlos Tomatis y Horacio Barco, y hasta una descripción deliberadamente falsa del cuerpo humano para inducir en el futuro una teoría errónea de la evolución. Por un momento, esta última posibilidad lo tentó y estuvieron riéndose un buen rato, a las carcajadas, tan fuertes que el padre de Tomatis, que se había acostado desde hacía un rato, les chistó desde abajo, desde la oscuridad, para que bajaran la voz. Entonces Barco dijo que la inclinación al humor siempre echaba todo a perder y que, al fin de cuentas, el contenido del mensaje no importaba, que lo fundamental era el mensaje mismo, porque lo importante de un mensaje no era lo que decía sino su facultad de revelar que había hombres dispuestos a escribir mensajes. Dijo que si un mensaje le daba tanta importancia al contenido no era en realidad un mensaje sino una simple información. “Lo mejor que puede decir un mensaje”, dijo Barco, “es justamente, mensaje. Por lo tanto, aun cuando todo pareciera indicar que debiéramos escribir ¡socorro!, propongo que escribamos Esto es un mensaje o lisa y llanamente mensaje”. Tomatis estuvo pensando un momento y por fin aceptó, y enseguida planteó la cuestión nueva, la de quién escribiría la palabra. “Teniendo en cuenta”, dijo Barco, “de que la idea ha sido tuya y de que hay fuertes razones para pensar que con el tiempo te vas a convertir en escritor de profesión, propongo que la redacción del texto corra por tu cuenta”. Así que Tomatis separó una hoja blanca, la colocó sobre la mesa bajo la luz de la lámpara, limpió la pluma de su lapicera, la probó en el margen de su cuaderno de geometría y después, lentamente, con gran cuidado, sintiendo la mirada de Barco, por encima de su hombro, fija en la mano firme que sostenía la lapicera, fue escribiendo en grandes letras de imprenta, negra, la palabra: MENSAJE; y a medida que la mano iba moviéndose, de izquierda a derecha, la hoja blanca, rectangular, salía de la blancura extrema, indiferenciada, del limbo, del horizonte plano y anónimo, sacada al azar por una mano ciega de entre el montón de hojas idénticas que yacían polvorientas y mudas entre el cajón del escritorio, hasta que la palabra estuvo toda escrita, nítida y pareja, y la identidad de la hoja se borró otra vez., comida por la utilización oscura del mensaje. Al otro día se levantaron al amanecer. Tomatis telefoneó a Barco diciéndole que en un minuto bajaba a tomar el tranvía, que esperara el próximo tranvía número dos porque en ese iba él y después vio, por la ventanilla, en la esquina de la casa de Barco, que éste traía la pala, la botella y la barra de lacre. Él, por su parte, llevaba una lata de sardinas, tomates y duraznos, y una botella de vino que había sacado de la heladera. El mensaje lo llevaba doblado en cuatro, cuidadosamente en el bolsillo derecho de la camisa. Llegaron al club, se pusieron los trajes de baño, guardaron todo en una bolsa de lona, salvo la pala, pusieron la pala y la bolsa en el fondo de la canoa, y después metieron la canoa en el río. barco empezó a remar alejándose del muelle del club y del puente colgante, se metió por entre islas y riachos, bordeando orillas que por momentos se estrechaban, y cuando por fin fue maniobrando con pericia y aproximándose a la costa, eran más de las once. Barco tenía la cara roja y estaba cubierto de sudor. EL sol estaba blanco, árido, y sus rayos perforaban la fronda de por sí porosa y abierta de los sauces llorones y proyectaban manchas de luz sobre el agua. Dejaron la canoa a la sombra –la canoa recibió las manchas de luz en el fondo- y se internaron en la isla con la pala y bolsa de lona.
Vagabundearon cerca de media hora. Barco descubrió una culebra y con el filo de la pala de punta le sacó la cabeza, limpia, de un solo golpe; después eligieron el lugar. Era un claro rodeado por un círculo de árboles, pero tan chicos que sus ramas no se entreveraban en la altura para formar ninguna bóveda de sombra. El sol había resecado el suelo y la hierba de alrededor era mala y amarillenta. Tomatis empezó a cavar: los primeros golpes de la pala sonaron secos y la pala rebotaba contra la tierra, descascarándola y haciendo saltar astillas de barro endurecido en todas direcciones, pero la capa superficial cedió enseguida y después vino la tierra profunda, blanda, fría y oscura cuyo peso tiraba suavemente hacia abajo los brazos de Tomatis cada vez que sacaba una palada y la dejaba caer sobre el montón que iba formándose al lado del pozo. Después de un rato siguió Barco y Tomatis se apoyó jadeando en uno de los árboles irrisorios y se dedicó a mirarlo trabajar. Cavaron un hoyo de casi dos metros, lo suficientemente como para enterrar a un hombre en posición vertical. Después se sentaron a la sombra y Barco dobló cuidadosamente la hoja de papel, la introdujo por el pico de la botella, puso el corcho golpeando con la palma de la mano hasta hundirlo lo suficiente, y enseguida preparó el lacre y los fósforos y encendiendo uno comenzó a hacer girar la barra de lacre en la punta de la llama cuidando de que las gotas fuesen cayendo sobre el pico de la botella y la superficie redonda del corcho. Gastó muchos fósforos antes de terminar. Y la mirada de Tomatis iba alternativamente de la punta de la llama en la que la barra se fundía (a veces seguía la caída de las gotas rojas que destellaban diseminándose sobre el pico de la botella, gotas a las que Barco terminaba de empastar y distribuir con la punta fofa de la barra) al interior de la botella en el que podía ver, a través del vidrio verde, la hoja doblada muchas veces hasta adquirir la forma de una cinta rígida una de cuyas puntas se apoyaba en la base de la botella y la otra en la pared verde, en posición oblicua. Aun cuando Barco moviese la botella, la hoja de papel quedaba inmóvil. Y cuando terminó, Barco la recogió y la sostuvo con tanta delicadeza que Tomatis se preguntó si no se trataba de otra de las bufonadas de Barco pero enseguida viéndolo alejarse hacia el hoyo sosteniendo la botella con las dos manos, y arrodillarse después junto a la boca e inclinarse metiendo el brazo con la botella para depositarla lo más suavemente posible en el fondo, hasta casi tocar la tierra con la frente, Tomatis comprobó que Barco no bromeaba, y que si bien no estaba rebajándose hasta la solemnidad, se sentía lisa y llanamente dispuesto a llevar las cosas hasta el fin. Barco dejó caer la botella en el fondo, consideró el resultado de la caída, lo juzgó adecuado, y después se incorporó y empezó a echar tierra con la pala. Después le pasó la pala a Tomatis y cuando la tierra cubrió el hoyo hasta la superficie, volvió a tener la pala entre sus manos y empezó a emparejar la superficie tratando de no dejar rastros de la excavación. “Si esta noche llega a llover”, dijo, cuando terminó apoyándose en la pala y secándose el sudor, “mañana no va quedar rastro de la tierra movida”.
Y llovió. Tomatis oía la lluvia golpear contra el techo, en la oscuridad, acostado en su cuarto de la terraza. Después habían dejado otra vez la pala en la canoa, se habían dado un chapuzón, habían comido las sardinas y los duraznos y se habían tomado la botella de vino, habían dormitado un rato bajo los árboles y después habían vuelto remando lentamente, turnándose, río abajo, y llegaron tan tarde que cuando amarraron la canoa al muelle del club, enredados en una nube de mosquitos, ya era el anochecer, azul y lleno de ruidos y de voces que llegaban desde la playa y desde el bar iluminado. Tomaron el tranvía y Barco bajó de un salto y desapareció por la puerta de su casa. Tomatis se dio una ducha fría, comió algo y se acostó. Casi enseguida estuvo dormido. Más que el rumor lo despertó el olor de la lluvia que hacía chisporrotear los techos caldeados, y después la frescura, como gruesa, del agua entrando por la ventana abierta de par en par. Cuando estuvo lúcido, Tomatis pensó en la botella enterrada en la oscuridad de la tierra, como él mismo estaba enterrado en la oscuridad del mundo, y se preguntó cuál sería el destino del mensaje. porque podía pasar que, o bien quienes lo encontraran hablasen ya un idioma diferente, o el mismo idioma conocido en el que, no obstante, la palabra mensaje tenía ya un significado diferente, incluso opuesto al que ellos le habían dado, incluso el sentido de “información” que Barco había querido eliminar, o bien que nadie encontrara jamás la botella, se borrara la raza de los hombres, y la botella continuase perpetuamente enterrada en el interior de un planeta vacío, reseco, girando en el espacio negro. Pero, finalmente, antes de dormirse, Tomatis consideró que aún cuando hombres capaces de comprenderlo encontraran el mensaje, ellos Barco y Tomatis, no estarían en él, así como no estaban tampoco las orillas que cabrilleaban, los sacudones lentos de la canoa a cada golpe firme del remo, el bar iluminado que divisaron desde el muelle, engastado en la oscuridad azul, el olor de la lluvia fría que entraba por la ventana, de a ráfagas, en el mismo momento.
Juan José Saer nació en Serodino, en 1937. Se trasladó a Santa Fe y finalmente emigró a Francia.
Se lo puede ubicar en la llamada “generación de los 60”, porque en esa época comienza a publicar, junto a otros escritores como Abelardo Castillo, Manuel Puig.
Dentro de la literatura del litoral lo podemos asociar por la época generacional con Vittori, Mandón y Vinacua.
Su primera obra es un libro de poemas: El arte de narrar (1954). Luego aparecen sus libros de cuentos y “novelas cortas”: En la zona (1957-1960); Responso (1964); Palo y hueso; (1965); Unidad de lugar (1967); La vuelta completa (1967); Cicatrices (1969); El limonero real (Barcelona, 1974) y La mayor (1976).
Ha incursionado en el cine y su obra más conocida es Palo y hueso (1968).
EL TEXTO ELEGIDO
E. Pesante en su obra El cuento literario de Santa Fe incluye a Saer en la segunda promoción del grupo Adverbio que presenta las siguientes características: influencia del escritor W. Faulkner; el inconformismo; la actitud crítica, la experimentación del lenguaje, la elección del habitante de las islas del Paraná Medio como protagonista y la emigración (hacia otras ciudades del país o el exterior).
En esta y en casi la generalidad de la obra de J.J. Saer son constantes las referencias al ámbito santafesino, su ciudad, la costa, el río, la isla aunque estas señales no deben pensarse como simple descripción realista sino como una excusa para trasformar, a través del proceso lingüístico, el texto literario, dándole un nuevo sentido a la lectura.
El escritor busca “lectores sin ilusión” que, de tanto leer narraciones realistas que le cuentan una historia del principio al fin como si sus actuaciones poseyeran las leyes del recuerdo y de la existencia, aspirasen a un poco más de realidad.
Pero esa realidad a que apunta Saer se sustenta en la visión detallista y microscópica de los objetos, los hechos y los seres cotidianos, en un entorno geográfico bien definido y dentro de una trama argumental que, como en este caso, relata los aspectos más simple de la vida:
Dos muchachos deciden dejar un mensaje para las generaciones futuras. Introducen un papel con la palabra MENSAJE en una botella y la entierran en la isla. Hasta aquí la anécdota.
La descripción minuciosa de movimientos y fenómenos naturales o artificiales desde distintos ángulos o diferentes momentos retarda la acción para dar preeminencia al procedimiento de elaboración del lenguaje. La realidad se presenta desde el plano de la percepción.
“El sol está blanco, árido, y sus rayos perforaban la fronda de por sí porosa y abierta de los sauces llorones y proyectaban manchas de luz sobre el agua. Dejaron la canoa a la sombra –la canoa recibió las manchas de luz en el fondo- y se internaron en la isla con la pala y al bolsa de lona”.
En las consideraciones finales de Tomatis, personaje algo autobiográfico que aparece en muchas de sus obras, el autor muestra una visión negativa y nihilista. Todas las posibilidades que plantea con respecto al destino de ese mensaje dan un mínimo resultado: la incomunicación con los otros, y lo que es peor, la nada del infinito, cundo, borrada ya la raza de los hombres “la botella continuase perpetuamente enterrada en el interior de un planeta vacío, reseco, girando en el espacio negro”.
No obstante, la muerte sigue siendo el dilema más difícil de aceptar para el género humano y la vida de aprehensión de ese destino común la recorre Saer mediante el laborioso trabajo de dar al lenguaje una nueva, o quizá primigenia dimensión.
EL LA COSTA RESECA
Al día siguiente de rendir el examen de geometría, Tomatis consiguió que el padre le renovara el carnet de socio del club Regatas, así que pasó casi toda la tarde en la secretaría del club haciendo los trámites de la renovación. Mientras esperaba el carnet nuevo, sentado en la salita de la secretaría, concibió el plan del mensaje y cuando le entregaron el carnet pasó por el bar y llamó a Barco por teléfono. Barco estuvo de acuerdo con la idea. Dijo que él tenía lacre –porque había que lacrar el pico de la botella- y que era necesario reunirse esa misma noche para discutir el contenido del mensaje. Así que a eso de las nueve, cuando acababa de oscurecer, Tomatis oyó desde su cuarto la voz de Barco que hablaba con su padre en la cocina, y después sus pasos subiendo por la escalera hacia la terraza. La ventana de la pieza estaba abierta y después de entrar sin saludar barco dijo algo sobre el cielo estrellado cuando se asomó por ella. Se desabrochó dos botones de la camisa y empezó a sacudírsela a la altura del pecho para secarse el sudor. Tomatis le gritó a su madre desde la ventana que le preparara una sangría, porque en su casa había inclinación a darle todos los gustos desde el día anterior, en que con su examen de geometría había terminado su bachillerato. Mientras esperaban la sangría Barco le ayudó a colgar en la pared amarillenta, sobre el sofá cama, al costado de la biblioteca, la reproducción del “Campo de trigo de los cuervos” que Tomatis había hecho enmarcar esa mañana en un taller de cuadros.
Discutieron el texto del mensaje durante más de dos horas, tomando la sangría que Barco revolvía con una cuchara para que el azúcar no se asentara el fondo y el hielo que tintineaba en el interior de la jarra helada se hundiera más rápido. La idea de que el texto debía escribirse en verso, propuesta por Tomatis, fue descartada inmediatamente. 2Pueden llegar a creer que hablábamos así”, objetó Barco. Enseguida comenzaron a barajar posibilidades: un reseña de la historia de la ciudad, o bien un catálogo de los inventos de la época, o mejor todavía una síntesis biográfica de Carlos Tomatis y Horacio Barco, y hasta una descripción deliberadamente falsa del cuerpo humano para inducir en el futuro una teoría errónea de la evolución. Por un momento, esta última posibilidad lo tentó y estuvieron riéndose un buen rato, a las carcajadas, tan fuertes que el padre de Tomatis, que se había acostado desde hacía un rato, les chistó desde abajo, desde la oscuridad, para que bajaran la voz. Entonces Barco dijo que la inclinación al humor siempre echaba todo a perder y que, al fin de cuentas, el contenido del mensaje no importaba, que lo fundamental era el mensaje mismo, porque lo importante de un mensaje no era lo que decía sino su facultad de revelar que había hombres dispuestos a escribir mensajes. Dijo que si un mensaje le daba tanta importancia al contenido no era en realidad un mensaje sino una simple información. “Lo mejor que puede decir un mensaje”, dijo Barco, “es justamente, mensaje. Por lo tanto, aun cuando todo pareciera indicar que debiéramos escribir ¡socorro!, propongo que escribamos Esto es un mensaje o lisa y llanamente mensaje”. Tomatis estuvo pensando un momento y por fin aceptó, y enseguida planteó la cuestión nueva, la de quién escribiría la palabra. “Teniendo en cuenta”, dijo Barco, “de que la idea ha sido tuya y de que hay fuertes razones para pensar que con el tiempo te vas a convertir en escritor de profesión, propongo que la redacción del texto corra por tu cuenta”. Así que Tomatis separó una hoja blanca, la colocó sobre la mesa bajo la luz de la lámpara, limpió la pluma de su lapicera, la probó en el margen de su cuaderno de geometría y después, lentamente, con gran cuidado, sintiendo la mirada de Barco, por encima de su hombro, fija en la mano firme que sostenía la lapicera, fue escribiendo en grandes letras de imprenta, negra, la palabra: MENSAJE; y a medida que la mano iba moviéndose, de izquierda a derecha, la hoja blanca, rectangular, salía de la blancura extrema, indiferenciada, del limbo, del horizonte plano y anónimo, sacada al azar por una mano ciega de entre el montón de hojas idénticas que yacían polvorientas y mudas entre el cajón del escritorio, hasta que la palabra estuvo toda escrita, nítida y pareja, y la identidad de la hoja se borró otra vez., comida por la utilización oscura del mensaje. Al otro día se levantaron al amanecer. Tomatis telefoneó a Barco diciéndole que en un minuto bajaba a tomar el tranvía, que esperara el próximo tranvía número dos porque en ese iba él y después vio, por la ventanilla, en la esquina de la casa de Barco, que éste traía la pala, la botella y la barra de lacre. Él, por su parte, llevaba una lata de sardinas, tomates y duraznos, y una botella de vino que había sacado de la heladera. El mensaje lo llevaba doblado en cuatro, cuidadosamente en el bolsillo derecho de la camisa. Llegaron al club, se pusieron los trajes de baño, guardaron todo en una bolsa de lona, salvo la pala, pusieron la pala y la bolsa en el fondo de la canoa, y después metieron la canoa en el río. barco empezó a remar alejándose del muelle del club y del puente colgante, se metió por entre islas y riachos, bordeando orillas que por momentos se estrechaban, y cuando por fin fue maniobrando con pericia y aproximándose a la costa, eran más de las once. Barco tenía la cara roja y estaba cubierto de sudor. EL sol estaba blanco, árido, y sus rayos perforaban la fronda de por sí porosa y abierta de los sauces llorones y proyectaban manchas de luz sobre el agua. Dejaron la canoa a la sombra –la canoa recibió las manchas de luz en el fondo- y se internaron en la isla con la pala y bolsa de lona.
Vagabundearon cerca de media hora. Barco descubrió una culebra y con el filo de la pala de punta le sacó la cabeza, limpia, de un solo golpe; después eligieron el lugar. Era un claro rodeado por un círculo de árboles, pero tan chicos que sus ramas no se entreveraban en la altura para formar ninguna bóveda de sombra. El sol había resecado el suelo y la hierba de alrededor era mala y amarillenta. Tomatis empezó a cavar: los primeros golpes de la pala sonaron secos y la pala rebotaba contra la tierra, descascarándola y haciendo saltar astillas de barro endurecido en todas direcciones, pero la capa superficial cedió enseguida y después vino la tierra profunda, blanda, fría y oscura cuyo peso tiraba suavemente hacia abajo los brazos de Tomatis cada vez que sacaba una palada y la dejaba caer sobre el montón que iba formándose al lado del pozo. Después de un rato siguió Barco y Tomatis se apoyó jadeando en uno de los árboles irrisorios y se dedicó a mirarlo trabajar. Cavaron un hoyo de casi dos metros, lo suficientemente como para enterrar a un hombre en posición vertical. Después se sentaron a la sombra y Barco dobló cuidadosamente la hoja de papel, la introdujo por el pico de la botella, puso el corcho golpeando con la palma de la mano hasta hundirlo lo suficiente, y enseguida preparó el lacre y los fósforos y encendiendo uno comenzó a hacer girar la barra de lacre en la punta de la llama cuidando de que las gotas fuesen cayendo sobre el pico de la botella y la superficie redonda del corcho. Gastó muchos fósforos antes de terminar. Y la mirada de Tomatis iba alternativamente de la punta de la llama en la que la barra se fundía (a veces seguía la caída de las gotas rojas que destellaban diseminándose sobre el pico de la botella, gotas a las que Barco terminaba de empastar y distribuir con la punta fofa de la barra) al interior de la botella en el que podía ver, a través del vidrio verde, la hoja doblada muchas veces hasta adquirir la forma de una cinta rígida una de cuyas puntas se apoyaba en la base de la botella y la otra en la pared verde, en posición oblicua. Aun cuando Barco moviese la botella, la hoja de papel quedaba inmóvil. Y cuando terminó, Barco la recogió y la sostuvo con tanta delicadeza que Tomatis se preguntó si no se trataba de otra de las bufonadas de Barco pero enseguida viéndolo alejarse hacia el hoyo sosteniendo la botella con las dos manos, y arrodillarse después junto a la boca e inclinarse metiendo el brazo con la botella para depositarla lo más suavemente posible en el fondo, hasta casi tocar la tierra con la frente, Tomatis comprobó que Barco no bromeaba, y que si bien no estaba rebajándose hasta la solemnidad, se sentía lisa y llanamente dispuesto a llevar las cosas hasta el fin. Barco dejó caer la botella en el fondo, consideró el resultado de la caída, lo juzgó adecuado, y después se incorporó y empezó a echar tierra con la pala. Después le pasó la pala a Tomatis y cuando la tierra cubrió el hoyo hasta la superficie, volvió a tener la pala entre sus manos y empezó a emparejar la superficie tratando de no dejar rastros de la excavación. “Si esta noche llega a llover”, dijo, cuando terminó apoyándose en la pala y secándose el sudor, “mañana no va quedar rastro de la tierra movida”.
Y llovió. Tomatis oía la lluvia golpear contra el techo, en la oscuridad, acostado en su cuarto de la terraza. Después habían dejado otra vez la pala en la canoa, se habían dado un chapuzón, habían comido las sardinas y los duraznos y se habían tomado la botella de vino, habían dormitado un rato bajo los árboles y después habían vuelto remando lentamente, turnándose, río abajo, y llegaron tan tarde que cuando amarraron la canoa al muelle del club, enredados en una nube de mosquitos, ya era el anochecer, azul y lleno de ruidos y de voces que llegaban desde la playa y desde el bar iluminado. Tomaron el tranvía y Barco bajó de un salto y desapareció por la puerta de su casa. Tomatis se dio una ducha fría, comió algo y se acostó. Casi enseguida estuvo dormido. Más que el rumor lo despertó el olor de la lluvia que hacía chisporrotear los techos caldeados, y después la frescura, como gruesa, del agua entrando por la ventana abierta de par en par. Cuando estuvo lúcido, Tomatis pensó en la botella enterrada en la oscuridad de la tierra, como él mismo estaba enterrado en la oscuridad del mundo, y se preguntó cuál sería el destino del mensaje. porque podía pasar que, o bien quienes lo encontraran hablasen ya un idioma diferente, o el mismo idioma conocido en el que, no obstante, la palabra mensaje tenía ya un significado diferente, incluso opuesto al que ellos le habían dado, incluso el sentido de “información” que Barco había querido eliminar, o bien que nadie encontrara jamás la botella, se borrara la raza de los hombres, y la botella continuase perpetuamente enterrada en el interior de un planeta vacío, reseco, girando en el espacio negro. Pero, finalmente, antes de dormirse, Tomatis consideró que aún cuando hombres capaces de comprenderlo encontraran el mensaje, ellos Barco y Tomatis, no estarían en él, así como no estaban tampoco las orillas que cabrilleaban, los sacudones lentos de la canoa a cada golpe firme del remo, el bar iluminado que divisaron desde el muelle, engastado en la oscuridad azul, el olor de la lluvia fría que entraba por la ventana, de a ráfagas, en el mismo momento.
Samuel Cernadas
Samuel Cernadas
Carlos Fabrissín, vecino de la ciudad de Reconquista recuerda que, “cuando (los niños de entonces) se enteraron que el poeta se mudaba a su barrio, allá por la década del ’40, se lo imaginaban tal como las iconografías lo presentaban: largos cabellos, corbata voladora y, tal vez, una capa oscura. Sin embargo, Cernadas era semicalvo, la cara de tez oscura, cutis poseado, nariz gruesa, mediana estatura, algo cargado de hombros, de andar cansino, usaba saco y pantalón oscuro gastado y zapatos sin lustrar, es decir, nada que ver con el imaginario. Saludaba a todos, aun a los chicos, pero con cierta distancia. El poeta no ofrecía nada fuera de lo común, era parco, callado, de voz suave y ceceaba al hablar. Samuel del Sagrado Corazón de Jesús Cernadas y Fernández nació el 15 de enero de 1893, hijo de un bonaerense, Bonifacio Cernadas, y de una correntina, Lorenza Fernández. El padre comerciante, la madre costurera”.
Fabrissín también recuerda que “Fernando Noya, de Saladas, Corrientes, en Historias y Cantares relata que, ‘Cernadas a los 15 años recibe su nombramiento de telegrafista del desvío kilómetro 89, actual Intiyaco, y después se desempeña en la línea Santa Fe-Rosario y Tostado. Posteriormente recorre por su cuenta poblaciones del norte santafesino donde grava en sus retinas el sobrio panorama de los obrajes con sus secuelas de explotación y miseria. Luego reaparece como ferroviario en la línea a Quintina, Santiago del Estero. Hasta los 23 años trabaja como empleado de correo y a partir de entonces en la construcción del ferrocarril a Guaiquiquina, residiendo temporalmente en las provincias de Salta, Jujuy, Catamarca, Tucumán y Córdoba. Por aquella época comienza a escribir poemas no obstante haber caído en las garras del alcoholismo. Empero, se recompone y en 1942 publica un pequeño volumen de poesías y canciones regionales al que sucede, en 1952, Mi comarca, poemas, música y canciones de la selva, con prólogo del poeta Julio Migno. Suscribe además numerosas composiciones musicales de neto corte regional, entre ellas: El matrero; Mi comarca; Escuelita goyana; Carrero del quebrachal; Mujercita del obraje; Seis de enero; Adiós Villa Ana todas con música de amigos’”.
En la poesía de Cernadas, siempre, el hombre y la mujer humilde son reivindicados denunciando los vicios e injusticias sociales que lo someten. Quizás, fue ésta la manera que encontró Cernadas de conjurar a la miseria que, como compañera fiel, siempre lo acompañó.
Del tiempo ido…*
Colonia Avellaneda. Casa sr. Reviriego
En los primeros años de este siglo, en el pintoresco villorio que es hoy nuestra coqueta ciudad, la iglesia católica tenía que luchar con una contra importante representada por tres masonerías instaladas con sus correspondientes sedes misteriosas; una frente a lo que es hoy el Tenis Club; otra donde está el Teatro Español y la tercera, a los fondos de la entonces Casa Piazza, calle Ludueña entre Mitre y Patricio Diez.
Todos eran salones bien amplios, siempre clausurados, donde los hermanos realizaban noche a noche sus misas negras, entre calaveras, esqueletos, espadas, lechuzones y murciélagos según se nos hacía creer en la inocente infancia.
Nuestra fantasía trabajaba en procura de un entendimiento o interpretación de tanto misterio y se nos enredaban más las cosas. Sabíamos que, a media voz, se les daba el mote de herejes a algunas personas del pueblo y cuando lo queríamos aclarar recurriendo a nuestros mayores, se nos mandaba cerrar el pico con especial recomendaciones de no repetirlo. “El señor fulano es un honrado vecino a quien se le debe guardar consideración y respeto…”
Se nos armaba cada lío…
Así, entre misterios nunca revelados, murciélagos y lechuzones rodando nuestros sueños nada nos costaba creer que el pobre Benito Flores muchacho buen mozo y trabajador, que de un día para otro se volviera loco sin remedio, lo habían “curado”, le habían hecho daño para perderlo.
Lo creíamos los chicos como asé los grandes, porque, de maleficios, contras y payeces, el pueblo estaba lleno. Cualquier malestar que no aflojara con el tesito de ruda, los sinapismos o sanguijuelas, daba que pensar, pues vaya que sea un “cura” a la que había que buscar la contra en la sabiduría de alguna india vieja de los toldos vecinos.
Porque tales eran las creencias arraigadas. Todo maleficio tenía su contra. El asunto era dar con quien tuviera el poder de quebrantarlo. Y ese poder se buscaba entre las viejas indias mansas que, comedidas, ensayaban sus ancestrales ritos en beneficio de tal o cual caso de brujería. Tierra de indios recién arada, influenciaba en las gentes el arrastre de milenarios consejos.
No hace muchos años falleció el barrio Oeste, donde vivió toda su vida, un indio viejo a quien mucha gente le reconocía muy en serio poderes sobrenaturales. Sus amuletos servían tanto para curar penas de amor como para tener suerte en el juego.
Su consultorio, una silla petisa bajo una planta de sauce al resguardo de oídos curiosos, siempre tenía clientela de todo género.
Conozco el siguiente caso: Lo visitó un muchacho veinteañero, mensual de una estancia, para comprarle un amuleto para la doma. El muchacho le dijo que nunca podía salir parado y que a pesar de no tener miedo, los potros lo golpeaban contra el suelo. eL hombre lo satisfizo en el acto y le cobró diez pesos por el asunto. Podía tener la seguridad de que ni el más reservado de la tropilla iba a poder con él. Contento el mocetón guardó en su cinto el amuleto y en la primera oportunidad pidió la bolada en una doma para jinetear el más reservado. Bufaba el animal al ceñírsele los cueros dentro el corral de palo a pique, y una vez listo, resuelto y corajudo, el mocetón enhorquetado dio la voz de ¡larguen! Y potro en dos o tres saltos de frente y de costado, haciéndose arco despidió en una embestida a su jinete que fue a dar contra los travesaños de la tranquera quedando allí maltrecho y dolorido.
Rengo aún, cuando pudo montar a caballo, se largó para el pueblo a consultar al hechicero.
No estaba en su capacidad de comprensión aceptar la falta del amuleto. El hombre lo recibió tranquilo, lo llevó al consultorio de la silla petisa bajo la planta de sauce y le pidió que le contara el caso detalladamente. Una vez enterado de todo, con gran suficiencia le expresó a su cliente: “Y, ¡claro pues!, vos m’hijo ibas a salir parado, pero entre vos y la tierra se interpuso la tranquera…” Y lo despachó con más coraje, previo pago de la consulta…
Tiempos de sahumerios con cueros de yacaré para alejar la viruela brava y de leche de yegua para la tos convulsa como único tratamiento.
Tiempo aquel en que doña Paulina Guglielmi, incansable, en pueblo y Colombia, ayudaba a venir al mundo a centenares de nuevos pobladores.
Diario “Tribuna”. Año 36 Nº 3808. Rqta., 06/04/1957.
...........................
* En Del tiempo ido… (Relatos periodísticos publicados en “Tribuna” entre marzo de 1957 y marzo de 1959). Edgardo Quarín. Fondo Editor Municipal 2008. Reconquista.
Carlos Fabrissín, vecino de la ciudad de Reconquista recuerda que, “cuando (los niños de entonces) se enteraron que el poeta se mudaba a su barrio, allá por la década del ’40, se lo imaginaban tal como las iconografías lo presentaban: largos cabellos, corbata voladora y, tal vez, una capa oscura. Sin embargo, Cernadas era semicalvo, la cara de tez oscura, cutis poseado, nariz gruesa, mediana estatura, algo cargado de hombros, de andar cansino, usaba saco y pantalón oscuro gastado y zapatos sin lustrar, es decir, nada que ver con el imaginario. Saludaba a todos, aun a los chicos, pero con cierta distancia. El poeta no ofrecía nada fuera de lo común, era parco, callado, de voz suave y ceceaba al hablar. Samuel del Sagrado Corazón de Jesús Cernadas y Fernández nació el 15 de enero de 1893, hijo de un bonaerense, Bonifacio Cernadas, y de una correntina, Lorenza Fernández. El padre comerciante, la madre costurera”.
Fabrissín también recuerda que “Fernando Noya, de Saladas, Corrientes, en Historias y Cantares relata que, ‘Cernadas a los 15 años recibe su nombramiento de telegrafista del desvío kilómetro 89, actual Intiyaco, y después se desempeña en la línea Santa Fe-Rosario y Tostado. Posteriormente recorre por su cuenta poblaciones del norte santafesino donde grava en sus retinas el sobrio panorama de los obrajes con sus secuelas de explotación y miseria. Luego reaparece como ferroviario en la línea a Quintina, Santiago del Estero. Hasta los 23 años trabaja como empleado de correo y a partir de entonces en la construcción del ferrocarril a Guaiquiquina, residiendo temporalmente en las provincias de Salta, Jujuy, Catamarca, Tucumán y Córdoba. Por aquella época comienza a escribir poemas no obstante haber caído en las garras del alcoholismo. Empero, se recompone y en 1942 publica un pequeño volumen de poesías y canciones regionales al que sucede, en 1952, Mi comarca, poemas, música y canciones de la selva, con prólogo del poeta Julio Migno. Suscribe además numerosas composiciones musicales de neto corte regional, entre ellas: El matrero; Mi comarca; Escuelita goyana; Carrero del quebrachal; Mujercita del obraje; Seis de enero; Adiós Villa Ana todas con música de amigos’”.
En la poesía de Cernadas, siempre, el hombre y la mujer humilde son reivindicados denunciando los vicios e injusticias sociales que lo someten. Quizás, fue ésta la manera que encontró Cernadas de conjurar a la miseria que, como compañera fiel, siempre lo acompañó.
Del tiempo ido…*
Colonia Avellaneda. Casa sr. Reviriego
En los primeros años de este siglo, en el pintoresco villorio que es hoy nuestra coqueta ciudad, la iglesia católica tenía que luchar con una contra importante representada por tres masonerías instaladas con sus correspondientes sedes misteriosas; una frente a lo que es hoy el Tenis Club; otra donde está el Teatro Español y la tercera, a los fondos de la entonces Casa Piazza, calle Ludueña entre Mitre y Patricio Diez.
Todos eran salones bien amplios, siempre clausurados, donde los hermanos realizaban noche a noche sus misas negras, entre calaveras, esqueletos, espadas, lechuzones y murciélagos según se nos hacía creer en la inocente infancia.
Nuestra fantasía trabajaba en procura de un entendimiento o interpretación de tanto misterio y se nos enredaban más las cosas. Sabíamos que, a media voz, se les daba el mote de herejes a algunas personas del pueblo y cuando lo queríamos aclarar recurriendo a nuestros mayores, se nos mandaba cerrar el pico con especial recomendaciones de no repetirlo. “El señor fulano es un honrado vecino a quien se le debe guardar consideración y respeto…”
Se nos armaba cada lío…
Así, entre misterios nunca revelados, murciélagos y lechuzones rodando nuestros sueños nada nos costaba creer que el pobre Benito Flores muchacho buen mozo y trabajador, que de un día para otro se volviera loco sin remedio, lo habían “curado”, le habían hecho daño para perderlo.
Lo creíamos los chicos como asé los grandes, porque, de maleficios, contras y payeces, el pueblo estaba lleno. Cualquier malestar que no aflojara con el tesito de ruda, los sinapismos o sanguijuelas, daba que pensar, pues vaya que sea un “cura” a la que había que buscar la contra en la sabiduría de alguna india vieja de los toldos vecinos.
Porque tales eran las creencias arraigadas. Todo maleficio tenía su contra. El asunto era dar con quien tuviera el poder de quebrantarlo. Y ese poder se buscaba entre las viejas indias mansas que, comedidas, ensayaban sus ancestrales ritos en beneficio de tal o cual caso de brujería. Tierra de indios recién arada, influenciaba en las gentes el arrastre de milenarios consejos.
No hace muchos años falleció el barrio Oeste, donde vivió toda su vida, un indio viejo a quien mucha gente le reconocía muy en serio poderes sobrenaturales. Sus amuletos servían tanto para curar penas de amor como para tener suerte en el juego.
Su consultorio, una silla petisa bajo una planta de sauce al resguardo de oídos curiosos, siempre tenía clientela de todo género.
Conozco el siguiente caso: Lo visitó un muchacho veinteañero, mensual de una estancia, para comprarle un amuleto para la doma. El muchacho le dijo que nunca podía salir parado y que a pesar de no tener miedo, los potros lo golpeaban contra el suelo. eL hombre lo satisfizo en el acto y le cobró diez pesos por el asunto. Podía tener la seguridad de que ni el más reservado de la tropilla iba a poder con él. Contento el mocetón guardó en su cinto el amuleto y en la primera oportunidad pidió la bolada en una doma para jinetear el más reservado. Bufaba el animal al ceñírsele los cueros dentro el corral de palo a pique, y una vez listo, resuelto y corajudo, el mocetón enhorquetado dio la voz de ¡larguen! Y potro en dos o tres saltos de frente y de costado, haciéndose arco despidió en una embestida a su jinete que fue a dar contra los travesaños de la tranquera quedando allí maltrecho y dolorido.
Rengo aún, cuando pudo montar a caballo, se largó para el pueblo a consultar al hechicero.
No estaba en su capacidad de comprensión aceptar la falta del amuleto. El hombre lo recibió tranquilo, lo llevó al consultorio de la silla petisa bajo la planta de sauce y le pidió que le contara el caso detalladamente. Una vez enterado de todo, con gran suficiencia le expresó a su cliente: “Y, ¡claro pues!, vos m’hijo ibas a salir parado, pero entre vos y la tierra se interpuso la tranquera…” Y lo despachó con más coraje, previo pago de la consulta…
Tiempos de sahumerios con cueros de yacaré para alejar la viruela brava y de leche de yegua para la tos convulsa como único tratamiento.
Tiempo aquel en que doña Paulina Guglielmi, incansable, en pueblo y Colombia, ayudaba a venir al mundo a centenares de nuevos pobladores.
Diario “Tribuna”. Año 36 Nº 3808. Rqta., 06/04/1957.
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* En Del tiempo ido… (Relatos periodísticos publicados en “Tribuna” entre marzo de 1957 y marzo de 1959). Edgardo Quarín. Fondo Editor Municipal 2008. Reconquista.
Roberto Fontanarrosa
Roberto Fontanarrosa
Presentación del autor
Es un humorista Argentino nacido en Rosario el 26 de noviembre de 1944. Entre otras cosas tiene publicado, El mundo ha vivido equivocado y otros cuentos (1985), No sé si he sido claro y otros cuentos (1986), Nada del otro mundo y otros cuentos (1987), El mayor de mis defectos y otros cuentos (1990), La mesa de los galanes y otros cuentos (1995), Los trenes matan a los autos (1997), No te vayas, campeón. Equipos memorables del fútbol argentino (2000), Te digo más... y otros cuentos (2001), Usted no me lo va a creer y otros cuentos (2003), El rey de la milonga y otros cuentos (2006) (cuentos). Best seller, Pomaire, Buenos Aires, 1981; El área 18, Pomaire, Buenos Aires, 1982, La gansada, Ediciones De la Flor, Buenos Aires, 1989 (novelas), más de diez volúmenes de su personaje Inodoro Pereyra y más de cinco volúmenes de su otro personaje Boggie el aceitoso, además de varias recopilaciones de sus chistes sueltos Quién es Fontanarrosa, Fontanarrosa de penal, Fontanarrosa y la política, Fontanarrosa y la pareja, Los clásicos según Fontanarrosa, etc.
La historieta elegida
En Inodoro Pereyra, el renegau, Fontanarrosa, observador directo de tipos y costumbres, presenta una realidad deformada, exaltando los vicios, defectos y carencias del hombre.
Manifiesta una marcada intención crítica, especula con lo social, pero también pone en tela de juicio otros valores; para ello utiliza con gran eficacia los distintos tipos y niveles de la lengua.
En algunos casos el chiste parece una forma de reflexión, sólo que en mitad de camino la dirección cambia de sentido, y su mensaje supuestamente serio, se transforma en absurdo.
Sagaz observador, Fontanarrosa cultiva el humorismo profundamente humano, donde se advierte un sincero amor al prójimo.
Inodoro Pereyra es un solitario gaucho de la pampa argentina, hombre de mal genio y mucha picardía criolla. Se sabe que, una vez, este gaucho "macho y cabrío", que usa vincha, anda bien montado, y es bueno para payar, se presentó a sí mismo diciendo: "soy Pereyra por mi mama, e Inodoro por mi tata, que era sanitario". El creador de este personaje que reflexiona sobre la vida (acompañado de su perro Mendieta) es Roberto Fontanarrosa.
Apareció por primera vez a fines de 1972, en la revista "Hortensia", de Córdoba. La historieta era, originariamente, una parodia en la que se exageraban los giros lingüísticos y los estereotipos terruñales; además era, gráficamente, más elaborada. En toda esa etapa, Inodoro se convertiría en anfitrión pampeano de diversos y extraños visitantes, mientras se perfilaba, ya como una constante, el que sería su ladero insuperable, Mendieta, un perro de raza desconocida que acompañaría a su amo en sus andanzas, compartiendo con él razonamientos. Luego pasó por las revistas 'Mengano' y 'Siete Días', con aventuras por entregas, donde Mendieta (quien, según relató una vez, en realidad era un "cristiano emperrado por un inoportuno eclipse de luna") ganará letra y estatura de coprotagonista. Ahí crece la peripecia en episodios de largo desarrollo y falso suspenso de folletín, con el héroe siempre en busca de nuevas aventuras. Finalmente, en 1976 Inodoro se instala, junto su obesa compañera, Eulogia Tapia, y el Mendieta, en el diario "Clarín", donde vuelven a ser historias unitarias, alejándose progresivamente del vértigo aventurero, y con el incremento de una esgrima verbal mayor, sutil, y sin pausa.
A propósito de la Eulogia, ella es la concubina de Inodoro; gorda y fea como ella misma, es hogareña y muy celosa, al punto de que se enoja como una fiera cuando Inodoro llega tarde. Eulogia, en los primeros números, era una hermosa mujer, pero después adaptó el personaje a alguien que realmente podría haberse fijado y todavía aguantar a Inodoro. Y justamente, para definir al personaje de Inodoro Pereyra, nada mejor que recordar una reflexión que hizo, una vez, acerca de la Eulogia: -"Endijpué de tantos años, si tengo que elegir otra vez, la elijo a la Eulogia con los ojos cerrados. Porque si los abro elijo a otra".
Presentación del autor
Es un humorista Argentino nacido en Rosario el 26 de noviembre de 1944. Entre otras cosas tiene publicado, El mundo ha vivido equivocado y otros cuentos (1985), No sé si he sido claro y otros cuentos (1986), Nada del otro mundo y otros cuentos (1987), El mayor de mis defectos y otros cuentos (1990), La mesa de los galanes y otros cuentos (1995), Los trenes matan a los autos (1997), No te vayas, campeón. Equipos memorables del fútbol argentino (2000), Te digo más... y otros cuentos (2001), Usted no me lo va a creer y otros cuentos (2003), El rey de la milonga y otros cuentos (2006) (cuentos). Best seller, Pomaire, Buenos Aires, 1981; El área 18, Pomaire, Buenos Aires, 1982, La gansada, Ediciones De la Flor, Buenos Aires, 1989 (novelas), más de diez volúmenes de su personaje Inodoro Pereyra y más de cinco volúmenes de su otro personaje Boggie el aceitoso, además de varias recopilaciones de sus chistes sueltos Quién es Fontanarrosa, Fontanarrosa de penal, Fontanarrosa y la política, Fontanarrosa y la pareja, Los clásicos según Fontanarrosa, etc.
La historieta elegida
En Inodoro Pereyra, el renegau, Fontanarrosa, observador directo de tipos y costumbres, presenta una realidad deformada, exaltando los vicios, defectos y carencias del hombre.
Manifiesta una marcada intención crítica, especula con lo social, pero también pone en tela de juicio otros valores; para ello utiliza con gran eficacia los distintos tipos y niveles de la lengua.
En algunos casos el chiste parece una forma de reflexión, sólo que en mitad de camino la dirección cambia de sentido, y su mensaje supuestamente serio, se transforma en absurdo.
Sagaz observador, Fontanarrosa cultiva el humorismo profundamente humano, donde se advierte un sincero amor al prójimo.
Inodoro Pereyra es un solitario gaucho de la pampa argentina, hombre de mal genio y mucha picardía criolla. Se sabe que, una vez, este gaucho "macho y cabrío", que usa vincha, anda bien montado, y es bueno para payar, se presentó a sí mismo diciendo: "soy Pereyra por mi mama, e Inodoro por mi tata, que era sanitario". El creador de este personaje que reflexiona sobre la vida (acompañado de su perro Mendieta) es Roberto Fontanarrosa.
Apareció por primera vez a fines de 1972, en la revista "Hortensia", de Córdoba. La historieta era, originariamente, una parodia en la que se exageraban los giros lingüísticos y los estereotipos terruñales; además era, gráficamente, más elaborada. En toda esa etapa, Inodoro se convertiría en anfitrión pampeano de diversos y extraños visitantes, mientras se perfilaba, ya como una constante, el que sería su ladero insuperable, Mendieta, un perro de raza desconocida que acompañaría a su amo en sus andanzas, compartiendo con él razonamientos. Luego pasó por las revistas 'Mengano' y 'Siete Días', con aventuras por entregas, donde Mendieta (quien, según relató una vez, en realidad era un "cristiano emperrado por un inoportuno eclipse de luna") ganará letra y estatura de coprotagonista. Ahí crece la peripecia en episodios de largo desarrollo y falso suspenso de folletín, con el héroe siempre en busca de nuevas aventuras. Finalmente, en 1976 Inodoro se instala, junto su obesa compañera, Eulogia Tapia, y el Mendieta, en el diario "Clarín", donde vuelven a ser historias unitarias, alejándose progresivamente del vértigo aventurero, y con el incremento de una esgrima verbal mayor, sutil, y sin pausa.
A propósito de la Eulogia, ella es la concubina de Inodoro; gorda y fea como ella misma, es hogareña y muy celosa, al punto de que se enoja como una fiera cuando Inodoro llega tarde. Eulogia, en los primeros números, era una hermosa mujer, pero después adaptó el personaje a alguien que realmente podría haberse fijado y todavía aguantar a Inodoro. Y justamente, para definir al personaje de Inodoro Pereyra, nada mejor que recordar una reflexión que hizo, una vez, acerca de la Eulogia: -"Endijpué de tantos años, si tengo que elegir otra vez, la elijo a la Eulogia con los ojos cerrados. Porque si los abro elijo a otra".
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